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E-cigarettes: un giro en el negocio de las tabacalera para un “futuro sin humo”

Por JAVIER RODRÍGUEZ PETERSEN - 01 de Agosto 2018
E-cigarettes: un giro en el negocio de las tabacalera para un “futuro sin humo”

Diseñamos un futuro sin humo”. Planteada por Phillip Morris, la frase llama la atención. Lo que muestra es un giro radical en el negocio, desde los cigarrillos tradicionales hacia la amplia categoría de e-cigarettes, que abarca a los distintos tipos de vaporizadores y cigarrillos electrónicos, reemplazos de “riesgo reducido” que las tabacaleras impulsan y los reguladores de Europa y Estados Unidos reconocen cuanto menos como “potencialmente” menos dañinos.

La coincidencia prácticamente unánime es que, con respecto a los cigarrillos “combustibles”, los vaporizadores y cigarrillos electrónicos reducen notablemente los efectos negativos de corto plazo y la exposición a agentes cancerígenos (depende del dispositivo, pero la reducción de la exposición a estos agentes llega al 95%). Esto se debe a que la mayor parte de esos químicos nocivos se producen con la combustión del tabaco, que no ocurre en ninguno de estos aparatos (unos están basados exclusivamente en nicotina, otros, en tabaco calentado pero no quemado). No se plantea que no tengan riesgos sino que tienen “riesgos reducidos”.

El debate, sin embargo, genera intensas polémicas. En Estados Unidos, la Food and Drug Administration (FDA) plantea interrogantes -respaldados por algunos de los muchos estudios científicos sobre el tema- en cuanto a si el hecho de que sean electrónicos, algunos se carguen vía USB y tengan un halo de “cool” no incentiva la iniciación por parte de adolescentes y jóvenes, con el riesgo adicional de que luego se pasen a cigarrillos tradicionales.

En Inglaterra, donde la reglamentación de e-cigarettes es más permisiva, aseguran -respaldados por otros estudios científicos- que no es así y que el porcentaje total de quienes empiezan a fumar se mantiene estable, solo que ahora muchos de esos jóvenes lo hacen con los nuevos dispositivos en vez de con los cigarrillos tradicionales o combustibles.

Cambio en el negocio

Para las tabacaleras, lo que hay detrás de todo esto es un giro radical en el negocio por el cual están realizando millonarias inversiones en Investigación y Desarrollo. La situación podría plantearse en forma muy resumida: hay en el mundo millones de personas que van a seguir fumando, porque no pueden o no quieren abandonar el cigarrillo; entre ellos, la mayoría preferiría consumir un producto menos dañino; hasta ahora, los reemplazos habían sido poco efectivos, pero ahora hay dispositivos “de riesgo reducido” que “entregan” la nicotina de forma muy similar a los cigarrillos con características de uso también muy parecidas, con lo que están siendo un reemplazo más exitoso. Los gigantes del sector quieren liderar el cambio; lo admitan o no, lo que parece vislumbrarse es su propia sustentabilidad, con un enfoque que, además, parece menos controvertido que el del negocio que manejan hoy.

“Hay una demanda insatisfecha: la de los fumadores que quieren seguir fumando pero con un producto menos dañino. Según la OMS, va a seguir habiendo 1000 millones de fumadores. Entonces, mejor que lo hagan con estos productos. Y nosotros queremos liderar ese cambio”, le dijo a El Cronista durante una conferencia en Washington un directivo de una de las grandes tabacaleras.

La transformación no es menor: en una industria con un producto que prácticamente no había tenido cambios en dos siglos en la que pesa la innovación y que tiene barreras de entrada mucho más bajas.

Un debate abierto

En mayo pasado se realizó en Washington la Segunda Conferencia Internacional sobre e-cigarettes, en la que participaron autoridades médicas y reguladores de distintas partes del mundo. Y también estuvieron presentes las tabacaleras.

Los estudios, investigaciones y conclusiones de la FDA norteamericana son referencia habitual para los encargados de las regulaciones de alimentos, medicamentos y productos que de algún modo impacten en la salud de distintos países del mundo. Por eso la industria del tabaco aguarda con expectativas sus definiciones.

En la Segunda Conferencia Internacional sobre e-cigarttes, Nancy Rigotti, profesora en la Universidad de Medicina de Harvard y directora del Centro de Investigación y tratamiento del tabaco del Hospital General de Boston, resaltó la “evidencia absoluta” de que el reemplazo total de cigarrillos combustibles por dispositivos electrónicos reduce la exposición a químicos tóxicos, aunque aún no haya evidencia tan clara sobre resultados a largo plazo para los que usan ambos. También señaló que no hay evidencia suficiente de que aumenten el éxito para abandonar el cigarrillo.

Pero, con datos de investigaciones, sugirió una “guía clínica” sobre qué deberían decirles los médicos a sus pacientes -a veces con afecciones ya graves- que no ya intentaron otros métodos y no pueden dejar de fumar, dado que “parece razonable” que respalden los intentos de estos pacientes por reemplazar el cigarrillo tradicional por el electrónico.

Esa guía debería sugerir, según Rigotti, que los médicos informen a esos pacientes que “si bien los e-cigarettes son seguramente menos dañinos, no están regulados (al menos no en todos los casos) y no está probado que sirvan para dejar de fumar”. Y que, en todo caso, intenten que el reemplazo sea completo.

Con respecto a estos dispositivos, la FDA viene tomando definiciones paso a paso, aprobando algunos y regulando restrictivamente -al menos por ahora- el marketing: entre otras medidas, sacó de E-bay al JUUL, un dispositivo que “copó” rápidamente una parte del mercado y a cuyos dueños les envió en abril una severa advertencia, y tiene prohibida cualquier apelación a sabores que puedan identificarse como atractivos para menores (frutilla, dulces, vainilla, etc).

En la conferencia en Washington, Mitch Zeller, director del Centro de Productos de Tabaco de la FDA, dejó en claro que el foco del regulador estadounidense es su Plan de Prevención en Jóvenes (Youth Prevention Plan).

A principios de este año, la Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina (NASEM, por sus iniciales en inglés) difundió el “más amplio reporte” sobre los efectos en la salud de los e-cigarettes, que aportó información de investigaciones propias de ese organismo y analizó más de 800 estudios científicos de otras organizaciones de todo el mundo. Ese reporte, conocido como “informe NASEM”, es de momento una de las principales -si no la mayor- referencia internacional sobre el tema.

En su resumen, la academia destaca: “La evidencia sugiere que si bien los e-cigarettes no están exentos de riesgos para la salud, es probable que sean mucho menos dañinos que los cigarrillos convencionales (...) Contienen menos cantidad y niveles más bajos de sustancias tóxicas que los cigarrillos convencionales, y el uso de cigarrillos electrónicos puede ayudar a los adultos que fuman cigarrillos convencionales a dejar de fumar. Sin embargo, sus efectos a largo plazo sobre la salud aún no están claros. Entre los jóvenes, que usan cigarrillos electrónicos a tasas más altas que los adultos, hay pruebas sustanciales de que el uso del cigarrillo electrónico aumenta el riesgo de pasar al hábito de fumar cigarrillos convencionales”.

Según el informe, “aún se desconoce si los cigarrillos electrónicos tienen un impacto general positivo o negativo en la salud pública” y “se necesitan más y mejores investigaciones sobre los efectos a corto y largo plazo sobre la salud y su relación con el tabaquismo convencional para responder a esta pregunta con claridad”.

En la conferencia de mayo, Zeller dejó en claro que parte de las dudas obedecen a si “la evolución expande el mercado” o no. Y que lo que está tratando de dilucidar la FDA es el “impacto neto” final, en un análisis que mira patrones de uso, toxicidad comparada con los cigarrillos tradicionales, los efectos sobre ex fumadores y si son o no mayores los riesgos de iniciación entre adolescentes y jóvenes.

Reducción del daño y no prohibición

El mayor contrapunto con la FDA desde organismos ligados a la salud pública lo mantuvo en la conferencia de Washington Débora Arnott, directora ejecutiva de Action for Tobacco and Health (ATH), una campaña de salud pública británica que trabaja desde 1971 para eliminar los daños producidos por el tabaco.

Arnott destacó que en Gran Bretaña la “prevalencia” (porcentaje de adultos que fuman) pasó de 33 a 17 entre 2006 y 2017. Entre los puntos que resaltó, señaló que la regulación en el Reino Unido sobre e-cigarettes obliga a que demuestren que son un sustituto a algo que ya existe y no un producto completamente nuevo.

La experta coincidió en que el principal desafío es “proteger a los chicos mientras se reduce el daño a los adultos”. Y, con estudios de la ATH, apuntó que el uso de e-cigarettes es muy bajo por parte de los no fumadores; que si bien es alto en exfumadores, lo mismo pasa con los los cigarrillos tradicionales; y que es bajo también entre los adolescentes que nunca habían fumado.

Neal Benowitz, profesor de Medicina de la Universidad de California, planteo una serie de puntos sobre los e-cigarettes:

el riesgo de adicción en jóvenes es menor que con el cigarrillo;

algunos dispositivos tienen más nicotina y no está claro el impacto en el desarrollo cerebral de los adolescentes;

en lo cardiovascular, no hay demasiada diferencia con el cigarrillo, parece tener el mismo riesgo;

en lo respiratorio, hay evidencia de que hace mal, pero también de que reduce mucho el daño con respecto al cigarrillo tradicional.

Y señaló una complicación en el análisis: a diferencia de los cigarrillos combustibles, prácticamente idénticos entre sí, hay una gran variedad de cigarrillos electrónicos.

En la misma línea, Lion Shahab, profesor de la Universidad de Londres y experto en adicción al tabaco y psicología de la salud, apuntó, en cuanto a los principales supuestos en contra de los e-cigarettes, que, tras su aprobación, no hay evidencia de que su difusión reduzca los intentos de dejar de abandonar por parte de los fumadores, ni de que aumente la reincidencia de exfumadores, ni de que desacelere la reducción del uso de tabaco (que, por el contrario, se aceleró), ni de que aumente la iniciación entre no fumadores.



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