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Una científica argentina convierte a los desechos frigoríficos en un insumo: ¿qué hace?

Es la nueva responsable de Innovación y Transferencia en la Universidad de San Martin. También dirige su propia startup e identifica las áreas de la ciencia en las que las compañías argentinas tienen una oportunidad de negocios. Por ENRIQUE GARABETYAN - 27 de Abril 2018
Una científica argentina convierte a los desechos frigoríficos en un insumo: ¿qué hace?

A fines de 2017, las flamantes autoridades de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) tomaron la decisión de sumar al equipo dirigente de la casa a una “Gerenta de Innovación y Transferencia”, con la idea de aceitar la relación y el intercambio entre la universidad y el sector privado. El puesto fue para la doctora Susana Levy, poseedora de una trayectoria ideal para las exigencias y los desafíos de esa misión. 

Levy se formó en Biología en la Universidad de Buenos Aires (UBA) a fines de los ochenta. Con su aún flamante título de doctorado bajo el brazo marchó —con una beca de la Fundación Antorchas— a especializarse en Londres, donde trabajó, durante una década, en el prestigioso University College London (UCL), una universidad globalmente reconocida por su dedicación a la investigación, la formación de profesionales y la promoción del trabajo interdisciplinario en las aplicaciones científicas.

Levy recuerda que su vocación por la transferencia viene de lejos. “Cuando terminé el doctorado me di cuenta de que no tenía ganas de dedicarme a una carrera puramente académica, concentrada en la elaboración de papers. Ya sentía la inquietud de hacer investigación sobre algún producto tangible y obtener resultados concretos, que pudiera ver en un lapso lógico de tiempo.”

En 2006, junto a su marido y dos hijos pequeños, decidieron emprender el difícil regreso al terruño, aprovechando un momento en que la ciencia local disfrutaba de reconocimiento y de fondos, en uno de los ya clásicos períodos del eterno “sube y baja” que los investigadores argentinos vienen atravesando a lo largo de las últimas siete décadas.

Tras asentarse, su experiencia y su especialidad la llevaron a tomar el puesto de “Gerenta de Investigación y Desarrollo de Biotecnología” en la empresa Biogénesis-Bagó, donde trabajó por más de un lustro hasta que en una de las también usuales contradicciones internas de muchas compañías argentinas, debió irse. Y comenzó una nueva fase de su carrera profesional, ahora como flamante “emprendedora”, tras ganar un subsidio del Ministerio de Ciencia y Tecnología para iniciar una startup de biotecnología. Hoy, mientras sigue enfrentando los complejos desafíos cotidianos de hacer crecer una Pyme argentina basada en la economía del conocimiento, sumó el desafío en la Unsam, hasta donde fue a entrevistarla Infotechnology. 


Las empresas argentinas, ¿invierten poco en I+D?
No estoy tan de acuerdo con ese lugar común, porque cuando una empresa paga impuestos está contribuyendo tanto a la educación y a la investigación como al funcionamiento de instituciones como el Conicet. O sea que un empresario local está apoyando la temática en un país complejo, que suele cambiar con cierta frecuencia sus reglas de juego. Por otra parte, también hay muchos científicos que no hacen esfuerzos por entender las necesidades del mundo empresarial. A lo largo de mi carrera me crucé con los dos extremos y puedo decir que ambos tienen prejuicios respecto del otro. 

 

¿Es posible superar esa grieta?
Creo que sí, con respeto entre las partes y facilitando una mejor comunicación entre ambos segmentos. Los científicos públicos pueden entender que están en un lugar privilegiado para aportar valor a la producción. Y los empresarios pueden aprender que es demasiado cortoplacista pensar solo en importar lo que se necesita y que eso no es sostenible en el mediano plazo. Seguramente tendremos un país mejor si cada uno de los dos sectores pone lo mejor de sí.

¿Qué habría que hacer para facilitar la creación de más compañías de base tecnológica?
Varias cosas. Por lo pronto, aprovechar mejor los recursos que ahora mismo ofrece el Estado. Por ejemplo, disminuir la burocracia y reducir mucho los tiempos entre la presentación del proyecto y la ejecución del subsidio. Esa demora tiene que ver, en parte, con las normativas que exige el Banco Mundial y el BID que fondean dichos programas y que nacieron con un propósito noble: evitar prácticas corruptas. Pero se volvieron tan burocráticos que prácticamente impiden llevar adelante una startup en forma ágil y flexible. Por ejemplo, exigen licitaciones públicas para comprar cantidades mínimas de insumos, que es algo muy lento y, a veces, hasta imposible. También exigen dedicar una enorme cantidad de tiempo y recursos para rendir todos los gastos. Las startups de otros países que reciben fondos tienen una ventaja comparativa notable: el científico que lo gana puede invertir el subsidio con mucha mayor flexibilidad, comprando lo que necesita, en el momento en que lo necesita. Entonces, lo que fue originalmente pensado para evitar la corrupción, en países como la Argentina, termina perjudicando, demorando y hasta aumentando el costo de las investigaciones y los productos de estas empresas.

Hay estudios que muestran que la Argentina cada año registra menos patentes. ¿Por qué piensa que se da eso? 
Es algo para analizar con la lupa de la diversidad y sin preconceptos. Hay casos en los que tiene sentido que el investigador o la organización tramiten la patente, aunque puede llevar varios años. Pero también hay situaciones en las que conviene trabajar sobre el concepto de secreto industrial y así poder llegar con un producto al mercado en forma más fluida y mucho más velozmente.

¿Qué oportunidades locales hay para hacer desarrollos originales que luego puedan ser transferidos?
Aparte de los varios rubros de biotecnología y de las TIC, creo que hay un espacio interesante en todo lo que tenga que ver con sustentabilidad ambiental y reciclado de desechos, especialmente con materiales biodegradables. También en proyectos y productos para arquitectura sustentable, que generen ahorros energéticos. Y lo bueno es que son ideas y productos exportables, donde el cliente es el mundo entero.

¿Qué están haciendo ustedes para facilitar las transferencias?
Creo que uno de los ejes es lograr una mejor comunicación. Para eso estamos terminando un manual de buenas prácticas para los investigadores científicos que tengan ideas y quieran colaborar con las empresas. Con eso podrán atravesar mejor la brecha cultural. Intentamos que entiendan la cultura empresarial, incluyendo su burocracia y los recursos internos, sus costos, y las particularidades de mercado al que apuntarán. También que sepan que una empresa, cuando fabrica en serie, debe validar regularmente un producto en forma masiva, algo que, a veces, en el laboratorio no es tan necesario.

En los últimos tiempos los recursos públicos tuvieron un ajuste y resurgió la discusión sobre qué tipo de investigación debe financiar el Estado. ¿Cuál es su posición? 
Lógicamente, la ciencia necesita de ambos conceptos. Las instituciones públicas deben dedicarse a hacer ciencia básica, pero también estar abiertas a transferir conocimientos a las empresas. Y debe haber una interacción en la que es muy bueno que ése sea un camino de doble vía. Hay que admitir que todavía quedan muchos científicos "públicos" que catalogan a sus pares que eligen colaborar con la industria como si estuvieran en una "segunda categoría". La paradoja es que esto es mutuo, porque también hay quienes prefieren trabajar en colaboración con el mundo de la economía privada y que también ven a los puristas de la ciencia como de "otra categoría". En definitiva, me parece que hay áreas de conocimiento que se prestan más a una opción que a la otra. Pero también creo que al hacer ciencia deben coexistir todas las opciones, con diversidad y convivencia entre quienes trabajan temas de ciencias básicas y a largo plazo, y quienes hacen cosas aplicadas. En mi caso, por cuestiones personales me tira más lo aplicado, pero respeto muchísimo a los que eligen hacer investigación básica.  

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Susana emprendedora 

En el 2012 Levy tuvo una idea: aprovechar un abundante desecho generado por la industria frigorífica para que en lugar de terminar contaminando un río pudiera convertirse en un insumo de alto valor agregado para la industria biotecnológica. Lo propuso como idea de negocios en la compañía en la que trabajaba pero sin éxito y así fue como poco tiempo después, decidió debutar como emprendedora y lanzó su propia startup de base tecnológica.

“La Argentina es un importante productor de carne y los frigoríficos locales, en su proceso productivo, generan una gran cantidad de sangre. Actualmente, esa sangre de los animales faenados se trata —para que no sea peligrosa— y luego directamente se tira como desecho. Yo pensé que era posible reciclar ese elemento y aprovecharlo como base para fabricar un insumo importante para la industria farmacéutica.”

De hecho eso exactamente hacen varias grandes compañías de Australia y Nueva Zelandia, que proveen de compuestos bioactivos a la industria farmacéutica global. “Esa idea me motivó a buscar un socio e inversor para presentarnos —en forma de consorcio— y pedir un subsidio empretecno de los que ofrece el MinCyT. Así nació nuestro emprendimiento ‘Cell Tonics’”, cuenta. “La compañía está dando sus primeros pasos: ya tenemos un puñado de clientes y laboratorios veterinarios a los que les proveemos algunos compuestos específicos.” 

También admite que conoció, de primera mano, lo complejo que es hacer avanzar una compañía nueva en este rubro, en un entorno como el de la Argentina. “Nuestro plan de negocios: en los próximos cinco años deberíamos llegar al Break-Even y ser competitivos en nuestro nicho de especialización. De hecho, nos asociamos con un pequeño laboratorio argentino para poder empezar a darle escala a nuestra producción y ganamos un nuevo subsidio del Ministerio para tratar de asentarnos en el mercado.”

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Nota publicada en la edición 247 (abril/2018) de INFOTECHNOLOGY.
 



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