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Plata quemada: ¿innovar para dar el salto o ser austero y vivir tranquilos?

La innovación ocupa, cada vez más, un lugar clave en las empresas. Planificar eficazmente la inversión en I+D es el desafío. Cómo repensar la investigación de cara a los negocios sin desperdiciar recursos. Por MATIAS NAHUEL CASTRO - 21 de Septiembre 2018
Plata quemada: ¿innovar para dar el salto o ser austero y vivir tranquilos?

El célebre Louis Pasteur no fue solo un gran hombre de ciencia, sino también uno de los responsables de que hoy su Francia natal sea una potencia vinícola. En 1854, la Universidad de Lille creó una Facultad de Ciencias para colaborar con la potente industria del vino en la región, que tambaleaba ante los problemas de la acidificación de las bebidas alcohólicas. Fue Pasteur quien demostró y explicó que durante la generación de alcohol en la fermentación, esta descomponía y acidificaba el vino y que la sustancia que lo alteraba era el ácido láctico, producto de la fermentación láctica desencadenada por microorganismos. La eliminación de estos organismos era posible al calentar el producto a una temperatura superior a 60 grados centígrados. Este proceso recibió el nombre de pasteurización y permitió resolver el problema de la conservación del vino, la cerveza y la leche, lo que potenció el comercio y las exportaciones francesas.

Hoy también, la ciencia y la tecnología conforman uno de los grandes gastos de empresas y estados a escala global. Se estima que los gastos anuales en I+D en el mundo arañan los US$ 2 billones o lo que es lo mismo el 2 por ciento del PBI global, según los cálculos la revista académica Science Business. Lo cual no parece demasiado, considerando que, de acuerdo a una reciente investigación del Banco Mundial, la innovación explica hasta la mitad de la diferencia de PBI per cápita.

Sin embargo, para los países en desarrollo como la Argentina, decidir cuánto del presupuesto se destina a la innovación es un verdadero desafío. Ya lo expresó anteriormente el ministro de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, cuando afirmó que “ningún país con 30 por ciento de pobres puede darse el lujo de aumentar su planta de investigadores”, y aventuró que “hay que evaluar a los científicos por los empleos que crean”. En esta paradoja, entre innovar y dar el salto o no arriesgarse y ser austero, está la Argentina. Una posible salida está, quizás, en conocer cómo funciona la transferencia científica al sector productivo, donde tanto Estado como empresas tienen todo por ganar en un país donde tan solo el 0,6 por ciento del PBI se destina al desarrollo científico-técnico.

 

Un puente necesario

El lugar que tiene la ciencia en la matriz económica y social es relativamente nuevo. “En la década del 90 se impuso un modelo de la ciencia como algo transdisciplinar y enfocado en resolver problemas específicos. Antes imperaba el modelo de investigar para avanzar el conocimiento y se hacía de manera desordenada. El primer programa de investigación moderno nació en la Segunda Guerra Mundial y vinculo la investigación con la planificación política y económica”, aclara Andrés Cuesta, secretario académico de la UADE. “La ciencia en principio se hacía desde la curiosidad y sin planificación. Hoy, los países desarrollados compiten en una carrera para trasladar hallazgos científicos a la realidad porque la economía está basada en la tecnología y hay valor agregado en casi todo desde el entretenimiento a la industria pesada”, refuerza Fernando Stefani, investigador superior del Conicet y vicedirector del Centro de Investigaciones en Bionanociencias (Cibion) en esa misma institución. Otro de los recientes cambios de enfoque fue la pérdida de protagonismo que tuvo lo que se conoce como Big Science o megaciencia: los grandes proyectos de financiamiento gubernamental como el proyecto Genoma Humano o el Gran Colisionador de Hadrones. “Hoy sabemos que la innovación está descentralizada. Que muchas veces sale de universidades, del garaje y de las empresas”, agrega Cuesta.

Empresas que más invierten en I+D: semilleras (9%); laboratorios y compañías de software (5%); alimentos e indumentaria (2%).

En la Argentina de hoy, la cuestión de la innovación aún está muy rezagada en los diferentes frentes. Según la encuesta sobre Investigación y Desarrollo en el sector privado (2017) que se efectúa en el ámbito del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (Mincyt), en el país hay 600.000 empresas registradas y operando y menos del 0,1 por ciento realizan inversiones en investigación y desarrollo (I+D) lo que significa que son tan solo 570  las entidades que designan parte de su presupuesto a I+D. Además, esas pocas que invierten lo hacen con una intensidad menor a los estándares internacionales. Según un estudio de mercado realizado por CIO Creative Investigation junto a PwC Strategy, las empresas argentinas, en promedio, invierten un 4 por ciento de su facturación en I+D, mientras que los líderes de la región no bajan del 8 por ciento. Acaso se entiendan estos números al ponerlos en el contexto de la estrategia nacional para la innovación, la ciencia y el desarrollo donde el Mincyt se viene reduciendo desde 2015 mientras que el proyecto de ley de presupuesto para 2018 plantea retrotraerlo a un nivel inferior al de 2009. Dentro de esta partida se encuentra el presupuesto de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (Anpcyt) que financia actividades de I+D en todo el país: su partida será 50 por ciento menor a la de 2014, según una investigación publicada a finales del año pasado por Stefani. En la actualidad, según el Global Innovation Index del 2018, la Argentina rankea en el puesto 80, cayendo desde el 76 en 2017 y sólo superando a Bolivia en la región.

 

Cómo gestionar la ciencia

El agujero en las áreas de innovación, tanto públicas como privadas, es también una gran oportunidad de negocios que pasa desapercibida para muchos. Según una investigación de 2014 de la reconocida consultora internacional Frontier Economics, la literatura científica existente tiende a estimar las tasas privadas de retorno a las inversiones en I+D en alrededor del 30 por ciento (media) y 20 a 25 por ciento (mediana). Los llamados “retornos sociales”, basados en beneficios indirectos de I+D como más empleo y mejor salud, generalmente son de dos a tres veces más grandes que los retornos privados. Para impulsar estos retornos, las fuentes consultadas concuerdan en que es necesario encauzar la investigación hacia la producción  de manera eficiente. “Es lo que se conoce como ciencia traslacional o investigación traslacional. Es en base a cuál necesidad existe, hacer una búsqueda prospectiva de qué se puede aplicar a  eso”, explica Jorge Aguado, secretario de Planeamiento y Políticas en Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva en el Mincyt.

Para subsanar el déficit de innovación, muchos piensan que hay que potenciar la relación entre el aparato productivo y los centros de investigación. “Trabajamos en alinear las capacidades de los sectores científicos, que el demandante no tenga que ir por cada lugar a ver qué hace cada uno. La idea es fortalecer las redes científico-técnicas por área para que los privados sepan a quién acudir a la hora de buscar generar innovación”, explica

Aguado. Pero hace una salvedad: “¿Cuál es el incentivo de las empresas para incorporar innovación científica y tecnológica? Si las empresas no pueden competir con nadie no tiene sentido invertir en I+D. Si eso no pasa será un grupo chico de empresas las que inviertan”, dice el funcionario. En este sentido, desde el gobierno esperan que la reforma fiscal aceite los motores del sector.

Una posible salida está en las instancias intermedias.“Para llegar a la etapa de traslación los países desarrollados cuentan con una institución intermedia entre la ciencia básica y las empresas; institutos que se dedican a analizar todo el proceso desde el hallazgo hasta el impacto económico”, dice Stefani.

Para el investigador, es allí donde la Argentina debe hacer foco ya que en el país no existe ningún instituto de estas características. “Es donde estamos más débiles. La ciencia básica del país es pequeña pero en ciertos aspectos es competitiva. Empresas con voluntad de innovar existen, pero están muy desconectadas las dos actividades”, agrega. “Hacer solo básica y con poco presupuesto no tiene sentido económico. Se podría cerrar el Conicet y enfocarse en otra cosa que no requiera alta tecnología ni alto valor agregado. Pero, si de verdad se quiere pasar a una economía del conocimiento, hay que invertir no solo en Conicet sino también en instituciones intermedias y la inversión en desarrollo tiene que pensar si es convertible a un negocio internacional”, reafirma el experto. En este sentido, Cuesta marca un vicio de la Argentina que complejiza transicionar de una matriz de producción científica a otra. “Algo muy común en América latina desde los 90 es que los ministerios empezaron a incorporar la innovación. Como si ciencia e innovación fueran de la mano y eso es condenar la transferencia al fracaso porque la innovación siempre es transdisciplinar y por lo tanto debe ser interministerial. Es por eso que en el país, a pesar de haber aumentado la inversión en ciencia, la producción de patentes cayó y creció solo la capacidad científica.”

Un caso que intenta seguir esta línea es el de la compañía Adox. La empresa se dedicaba a la importación de productos médicos, pero en 2001, luego de la crisis que golpeó al país y la devaluación del peso, se hizo imposible seguir vendiendo productos de afuera. “Durante 10  años nos vimos empujados a producir las cosas nosotros mismos. Luego, en 2012, iniciamos un espacio de I+D en la compañía pero con gente que también trabajaba en otras áreas”, rememora Javier Viqueira, su presidente. La compañía desarrolló algunos productos innovadores, como un botón antipánico para smartphones, e hizo crecer su espacio de desarrollo dentro de la empresa. La estrategia de trabajo puede ejemplificarse con el caso de su trabajo en conjunto con la Universidad de San Martín. “Supe que estaban trabajando en una investigación sobre agentes antibacterianos. Hablé con ellos para transformar ese conocimiento en un producto para la industria de limpieza,” sintetiza el empresario, que junto a ese desarrollo cuenta con otro que realizó junto a varias universidades nacionales, la Ciaa: la primera computadora industrial abierta que incluye un entorno IDE de desarrollo interactivo al estilo aplicación,  para su programación en lenguaje C, el soporte de Linux, un entorno de programación en lenguaje tipo PLC, el diseño de un gabinete y los primeros diseños de algunos de sus circuitos integrados. Entre 2007 y 2008, el área de innovación en la compañía se separó y se volvió autónoma porque para ese entonces se autofinanciaba y representaba el 15 por ciento del presupuesto. “Hoy, es nuestro diferencial.”

La localización de los centros de innovación a escala nacional parece ser hacia donde miran los países centrales, con un trabajo estrecho entre Estado y empresa. “En los Estados Unidos e Inglaterra, que tienen una tradición industrial fuerte, desde hace unas décadas deslocalizaron su innovación porque sus empresas son internacionales. Eso las alejó de la transferencia local y por eso formaron centros de innovación intermedios”, explica Stefani. A pesar de no contar todavía con estos centros, los expertos consultados concuerdan en que la Argentina tiene potencial científico para animarse a dar el salto cualitativo de llevar su ciencia a su industria y su comercio. Solo falta dar el gran salto adelante.



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3 Comentarios

Marci Humano Reportar Responder

El Gran Salto adelante ¿como el que originó tantas muertes en China?

Agustin Enzoa Reportar Responder

In a country where the government spends so much and so bad, it's up to the private sector to be conservative and save instead of spending on R&D. Low investment and low yield economy.

majo var Reportar Responder

https://www.editage.com/insights/the-future-of-science-5-predicted-global-trends-in-rd-expenditure-and-research-output 2 TRILLONES de USD.

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