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La internet oscura que protege a periodistas y mueve droga ya recauda US$ 4,2 M

Una comunidad de anónimos interconectados a través de una vasta red de computadoras y servidores dan vida a una internet privada y segura. Cómo un navegador “cebolla” se convirtió en el más grande bastión de la internet precorporativa del mundo.

Por MATIAS NAHUEL CASTRO - 30 de Enero 2019
La internet oscura que protege a periodistas y mueve droga ya recauda US$ 4,2 M

Como si de inocentes travesuras de niños se tratase, en el mundo del nuevo anonimato en internet, son los propios usuarios los que se cubren entre todos para no dejar huellas de lo que pasa en la red de redes.

Como niños, también, hay quienes aprovechan la impunidad de no ser nadie para hacer lo que no harían a plena luz del día, mientras que otros, casi como superhéroes, necesitan del velo de la noche para hacer el bien.

La interfaz tecnológica que permite ese anonimato se llama Tor: una red de servidores operados por voluntarios que permite a las personas mejorar su privacidad y seguridad en internet.

Los usuarios del navegador Tor emplean esta red conectándose a través de una serie de túneles virtuales en lugar de hacer una conexión directa, permitiendo así que tanto organizaciones como individuos compartan información a través de redes públicas sin comprometer su privacidad.

Concebida en el seno de la inteligencia militar estadounidense de la década de 1990 con el fin de proteger las telecomunicaciones de carácter secreto, la esencia de Tor es la tecnología conocida como enrutamiento cebolla. En una red tipo “cebolla”, los mensajes se agrupan en capas de encriptación, análogas a las capas de una cebolla.

Los datos encriptados se transmiten a través de una serie de nodos de red denominados enrutadores de cebolla, cada uno de los cuales “despega” una capa, descubriendo el siguiente destino  de los datos y cada  interventor solo conoce los datos de su antecesor inmediato. Cuando la capa final se descifra, el mensaje llega a su destino.

Esa fue la idea que nació en el Laboratorio de Investigación de la Marina estadounidense, de la mano del matemático Paul Syverson y el científico de computadoras Michael G. Reed. Ambos continuaron trabajando en el proyecto hasta que en el año 2002 el proyecto adquirió autonomía y renació como el Proyecto Tor.

Al año siguiente, veía la luz la primera versión pública del protocolo de enrutamiento, y finalmente en 2004 se libera el código y la Electronic Frontier Foundation (EFF) se encarga financieramente del proyecto mientras que la dirección seguiría a cargo de Syverson. Pocos años después, el gobierno de los Estados Unidos es el principal benefactor del proyecto, junto a entidades no gubernamentales y empresas.
Hoy por hoy, el Proyecto Tor se considera y define como una organización para las libertades civiles y los derechos humanos.

“Creemos que todos deberían tener acceso a una internet sin censura. El derecho humano universal a la privacidad y la libertad de expresión también aplica en el mundo online. Esa es la creencia fundamental que une a los usuarios de Tor como comunidad”, expresa Stephanie Whited, directora de Comunicaciones para el Proyecto Tor a escala internacional en exclusiva para Infotechnology.

“Si queremos mirar videos de gatitos o noticias tenemos que poder hacerlo privadamente, sin que los gobiernos, los ISP u otras organizaciones recolecten y vendan nuestros datos”, agrega. Al día de hoy, la comunidad de Tor cuenta con 47 desarrolladores estables alrededor del mundo y varios miles de voluntarios que contribuyen al desarrollo del software a través de plataformas como GitHub.

“Creemos que todos deberían tener acceso a una internet sin censura. Es un derecho universal.”

“Regularmente realizamos reuniones y entrenamientos en todo el mundo para llegar a nuevas personas, como activistas y periodistas que podrían beneficiarse de Tor”, agrega Whited. De hecho, el uso de esta red de anonimato no es extraña a nuestras tierras.

Según datos de la propia organización, en la Argentina hay entre 8.000 y 10.000 usuarios activos de Tor todos los días y además se alojan en el país dos nodos que ayudan a formar la gran red de redirección de tráfico (uno está ubicado en la avenida Antártida Argentina y el otro a escasas cuadras de Retiro).

En este sentido, la Argentina es parte de esa comunidad de desarrolladores, entusiastas y colaboradores que mantiene viva la red. “Se trabaja por lo general a través de canales abiertos de IRC y por listas de correo electrónico. Todo nuestro código siempre se publica en GitHub para que todos los vean y que sea más fácil involucrarse en cualquier aspecto de la organización y la comunidad. Y si bien somos un equipo que trabaja de forma remota, siempre nos reunimos al menos dos veces al año para pasar tiempo cara a cara y trabajar en delinear los planes de los próximos meses y años”, desarrolla la ejecutiva del proyecto.

Dos caras de la misma moneda

En un principio, Tor nació como un proyecto gubernamental para proteger las conexiones sensibles en caso de amenazas internas o externas, luego se convirtió en una herramienta enfocada en el uso civil, ya que organizaciones como Periodistas sin Fronteras, SecureDrop (para dar tips anónimos sobre temas sensibles) y ciudadanos de países con férreas leyes de internet; como China, lo usan a diario.

Sin embargo, el anonimato y la privacidad extrema que ofrece Tor también es un caldo de cultivo para las actividades ilícitas que encuentran en la internet un nuevo modus operandi cada vez más escurridizo para las garras de la ley. De acuerdo con un relevamiento del Centro para la Innovación en Gobernabilidad Internacional, bajo su comisión para la gobernanza en internet, la mayoría del tráfico desanonimizado de Tor está relacionado a las drogas (15 por ciento).

Otras categorías alejadas de la misión que se propone la organización en sus fundamentos también aparecen alto en el ranking: fraude digital (nueve por ciento), falsificaciones (cinco por ciento) y pornografía (tres por ciento, una cantidad no despreciable relacionada a la pornografía infantil).

Otro estudio de la revista académica de política internacional Survival, encontró que casi el 30 por ciento del tráfico está relacionado a contenidos ilícitos, con las finanzas y las drogas como las categorías líderes.

“Más de 2,5 millones de personas usan Tor todos los días, incluidos periodistas, defensores de los derechos humanos y abogados. El usuario promedio está interesado en la privacidad y la protección contra cosas como el seguimiento y la venta de datos y la vigilancia de los ISP. Es fácil seleccionar a los malos usos y convertirlos en una historia, pero lo que realmente inspira es la mayoría silenciosa de otros que trabajan para el bien”, se defiende Whited, en relación a esto.

“El usuario promedio está interesado en la privacidad y la protección contra la vigilancia.” 

Más allá de los usos cuestionables, Tor sigue siendo una herramienta sin igual a la hora de sortear los problemas que tienen las conexiones en diferentes partes del mundo. A la distancia, y desde los países con leyes democráticas para el acceso a la triple doble ve, el peligro que supone tan solo conectarse a leer noticias o enviar un correo privado puede esfumarse. Es por esto, y no por los usos indebidos, que desde Tor creen que el proyecto sigue sumando colaboradores y, acaso tan o más importante, financiación.

“Los ingresos del Proyecto Tor para el último año fiscal, que se extendió desde el 1 de julio de 2017 hasta el 30 de junio de 2018, fueron de alrededor de US$ 4,2 millones. El dinero viene de subvenciones gubernamentales para investigación y desarrollo, y en parte por donaciones individuales, de fundaciones y corporativas”, aclara Whited.

Esas son las cualidades bifrontes de Tor, una herramienta que se debate entre la neutralidad y la financiación y la libertad y el libertinaje. 



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