Servicios gratis a cambio de información personal: el curioso caso de la privacidad en Internet

En ese intercambio reside la “oferta de privacidad” que todos tenemos en la Web. 

25 de Enero 2013
Servicios gratis a cambio de información personal: el curioso caso de la privacidad en Internet




Esta es la historia que usted escuchó sobre Internet: cambiamos nuestra privacidad por servicios. La idea es que su información privada es menos valiosa para usted que para las firmas que la extraen del navegador mientras uno está en la Web. Ellos saben qué hacer con ella para transformarla en valor —para ellos y para usted—. Esta historia tomó proporciones míticas y, con razón, desde entonces tiene miles de millones de dólares para ella.

Pero si se trata de una oferta, es un acuerdo curioso y de un solo lado. Para entender el tipo de acuerdo que uno hace con la privacidad cientos de veces al día, por favor lea y acepte lo siguiente: “Al leer este acuerdo, usted le da a Technology Review y sus socios derecho ilimitado a interceptar y examinar sus opciones de lectura de este día en adelante, para vender los conocimientos luego captados y para retener esa información perpetuamente y proveerla sin limitaciones a cualquier tercero”. En realidad, el texto de arriba no es exactamente análogo a los términos en los que negociamos con cada click del mouse. Para realmente pulir la analogía tendría que pedirle a esta revista que escondiera ese texto en el margen de una de las páginas del final. Y tendría que terminar con “Este acuerdo está sujeto a cambios en cualquier momento”. Lo que accedemos a participar en Internet no es un acuerdo negociado; es una selección variada y los hechos íntimos de la vida (la ubicación, los intereses, los amigos) son el buffet.

corydoctorow

¿Por qué parecemos valorar tan poco la privacidad? En parte es porque nos dicen que lo hagamos así. Facebook más de una vez hizo caso omiso a las preferencias de privacidad de los usuarios, reemplazándolas con nuevas características. Facebook luego responde a la inevitable protesta pública al restaurar algo que es como el viejo sistema, pero menos privado. Y agrega algunos renglones más a un tablero de comandos de privacidad inexplicablemente complejo.

Incluso, aunque uno lea la letra chica, los humanos son pésimos al juzgar el valor neto presente de una decisión cuyas consecuencias son lejanas en el futuro. Nadie seguiría fumando si los tumores salieran con la primera pitada. La mayoría de las revelaciones de privacidad no nos ponen en un estrés emocional o físico tampoco. Pero dada una gran población haciendo un número grande de revelaciones, el daño es inevitable.

Todos escuchamos historias sobre personas que fueron despedidas porque pusieron mal la bandera de privacidad en un post en el que hablaban mal de alguien del trabajo. Los riesgos aumentan cuanto más revelamos, algo que el diseño de nuestras condiciones de social media nos hace. Cuando uno comienza su vida en una red social nueva, se ve premiado con consolidación social cuando los viejos amigos saltan y lo felicitan por la llegada a la fiesta. Las revelaciones subsecuentes generan más recompensas, pero no siempre.

Algunas parecen explosivas para uno (“Me voy a divorciar”), pero producen virtualmente sonidos de grillo de la red social. Y algunas comunicaciones que parecerían insignificantes (“¿Se ve grande mi cola en este jean?”) pueden producir un torrente de respuestas. Los científicos del comportamiento tienen un nombre para esta dinámica: “reafirmación intermitente”. Es una de las técnicas de entrenamiento del comportamiento más poderosas. Si se le da a una rata una palanca que produce comida en bolitas a demanda, sólo lo apretará cuando tenga hambre; si se le da una palanca que produce esas bolitas de comida a intervalos al azar, la va a seguir apretando para siempre.

Leyes y mercado

¿Cómo mejora la sociedad a la hora de preservar la privacidad online? Como apuntó Lawrence Lessig en su libro “Código y otras leyes del ciberespacio”, hay cuatro mecanismos posibles: normas, leyes, código y mercados.

Hasta ahora, estuvimos bastante terribles en todos los frentes. Por ejemplo, las normas: nuestro mecanismo normativo primario para mejorar las decisiones de privacidad es un tipo de desaprobación piadosa, especialmente dirigida a los chicos. “¡Pasás demasiado tiempo en Internet!” Y sin embargo los colegios, bibliotecas y padres usan spyware de red para atrapar cada clic, actualización de estado y mensajes instantáneos de los chicos, en nombre de protegerlos de otros adultos. En otras palabras: tu privacidad es infinitamente valiosa, salvo cuando la estoy violando (ah, y si hacés algo para rodear nuestra red de vigilancia, estás en graves problemas).

¿Qué hay con respecto a las leyes? En los Estados Unidos, hay una moda de algo llamado “No seguir”: los usuarios pueden instruir a sus navegadores para transmitir una etiqueta que dice: “No recolecten información sobre mi usuario”. Pero no hay un mecanismo de conformidad incluido: no podemos estar seguros de que funcione a menos que los auditores desciendan en los data centers de los gigantes de IT para asegurarse que no están haciendo trampa. En la Unión Europea, les gusta la idea de que uno es dueño de sus datos, lo que significa que tiene un interés propietario en los hechos de su vida y el derecho a demandar que esta “propiedad” no se malverse. Pero este acercamiento también tiene fallas. Si hay algo que nos enseñaron los últimos 15 años de peleas por las políticas de Internet es que nunca nada se resuelve al atribuirle derechos de propiedad a información que es fácilmente copiable.

Todavía hay lugar para mejorar —y tener ganancias— en el código. Una gran cantidad de la recolección de los datos de Internet son resultado de permisos por “default” en cómo maneja las cookies nuestro navegador, esas partes de código usadas para seguirnos. Ahora mismo, hay dos maneras de navegar en la Web: desactivar del todo las cookies y vivir con el hecho de que muchos sitios no funcionarán; o activar todas las cookies y aceptar toda la extracción de los hábitos de uso de Internet.

Los vendedores de navegadores podrían intentar algo con el problema. Como precedente, recuerden lo que pasó con las publicidades pop-up. Cuando la Web era joven, estaban en todos lados. Aparecían en pequeñas ventanas que engendraban otras cuando uno las cerraba. Se alejaban del cursor y reproducían música automáticamente. Como los pop-ups eran la única manera de conseguir una tarifa decente de los anunciantes, la sabiduría convencional era que ningún vendedor de navegador podría permitirse bloquear los pop-ups por default, incluso aunque los usuarios los odiaran. El punto muerto fue roto por Mozilla, una fundación sin fines de lucro que se preocupó sobre todo por servir a los usuarios, no a los dueños de sitios o anunciantes. Cuando Firefox, de Mozilla, transformó el bloqueo de pop-up en default, comenzó a ser terriblemente exitoso. Los otros navegadores no tuvieron más opción que seguirlo. Hoy, los pop-ups casi han desaparecido.

Los managers de cookies deberían ser los próximos. Imagine si su navegador cargado sólo con cookies que fueran útiles para usted, en lugar de docenas de redes de publicidades con las que uno nunca pretendió interactuar. Los anunciantes y compradores de medios dirán que la idea no puede funcionar. Pero la verdad es que suavizar el seguimiento de Internet no será el fin de la publicidad. Últimamente, podría ser un cambio bienvenido para aquellos en el negocio de los analytics y la publicidad. Una vez que la oferta de privacidad tome lugar sin coerción, las buenas compañías serán capaces de construir servicios que obtengan más datos de sus usuarios antes que las malas empresas. Parecería que todo el mundo puede sacar datos de la computadora, más allá de que el servicio sea o no superior.

Para los aparatos móviles, necesitamos herramientas más sofisticadas. Hoy, las tiendas de aplicaciones móviles se presentan con ofertas de “tómalo-o-déjalo”. Si uno quiere descargar esa aplicación “Connect the Dots” para entretener a sus hijos en un viaje largo, tiene que darle acceso a la “App” a su número de teléfono y ubicación.

Lejos de destruir empresas, controlar qué revelar crearía valor. Diseñen una aplicación a la que le daría mi ubicación por voluntad propia (como hago con la “App” Hailo para pedir taxis en Londres) y será una de las pocas y orgullosas firmas con mi permiso. Ahora mismo, los usuarios y las personas de analytics se enfrentan en un tiroteo, pero sólo las personas de analytics están armadas. Hay una oportunidad para una compañía que quiera proveer de armas a los rebeldes en lugar de a un imperio.
 



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