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Tecnófilos y tecnófobos: la grieta tecnológica

Algunos avizoran en la tecnología un futuro sombrío y hay quienes son optimistas. ¿Existe un punto medio entre los tecnófilos y los tecnofóbicos?

Por Matías Castro - 05 de Enero 2017
Tecnófilos y tecnófobos: la grieta tecnológica

En algunos puntos, pareciese como si el siglo 18 conversase con el siglo 21. Hubo una época —entre 1811 y 1816— en la que, también, la tecnología venía a “robar” el trabajo de aquellos que habían pasado toda una vida haciendo las cosas de manera analógica. En ese momento no eran autos autónomos pero sí telares industriales —la máquina de hilar y el telar— que nacieron durante la Revolución Industrial y amenazaban el trabajo de los artesanos al incorporar trabajadores menos calificados y que cobraban salarios más bajos. Con distintos actores y circunstancias, hoy pasa lo mismo: los taxistas que cortan la avenida 9 de julio para protestar contra la llegada de Uber dialogan, históricamente, con aquellos artesanos que miraban a las primeras máquinas con desconfianza. Funciona así desde siempre: los avances tecnológicos conmueven a algunos y aterran a otros: la grieta los divide entre tecnófilos y tecnófobos. ¿Cómo se puede salvar esta divisoria si, al parecer, son dos extremos que, como líneas paralelas, no se tocan?

 

Filósofos al rescate

 

La rama de la filosofía que intenta explicar cómo se unen estos islotes se llama filosofía de la técnica y nació, justamente, en los albores de la Revolución Industrial, cuando estos problemas sociales, morales y epistémicos se presentaron por primera vez. “Se consolida como campo de estudios académicos ya entrado el siglo 19. En todo ello se puede ver el rastro de los cambios tecnológicos: medios de producción y transporte, como la máquina de vapor; la aparición, primero, del tren, y después del auto y el avión; la creación de medios de comunicación como la radio y el cine. Ya en el siglo 20, en la década de 1940, hablamos de cuestiones más complejas, como las Tecnologías de Información hasta terminar en sistemas digitales e Internet en los últimos 30 años”, desarrolla Pablo Rodríguez, investigador adjunto de Conicet, profesor adjunto de la carrera de Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires y autor del libro “Historia de la Información”.

 

Si los filósofos de la tecnología se esmeran en clarificar conceptos y brindar unidad al conocimiento técnico que suele estar disperso entre empresarios, científicos y tecnólogos o ingenieros, queda bastante claro que su trabajo es muy necesario en épocas de tecnologías disruptivas. “Hoy esto se ve, sobre todo en las biotecnologías y en las tecnologías de la información y la comunicación, pero también en las nanotecnologías, los polímeros, la inteligencia artificial y las tecnociencias cognitivas. El programanorteamericano Converging Technologies NBIC, que incluye nano-bio-indo-cogno, define, a mi juicio, la corriente principal de las tecnociencias a principios del siglo 21, y aporta un tema de estudio fundamental para la filosofía de la tecnociencia, la cual es un desarrollo, a su vez, de la filosofía de la tecnología”, explica Javier Echeverría, doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, miembro de la Sociedad Española Leibniz y de la International Academy of the Philosophy of Science. Estos debates no surgen de casualidad.

 

Javier Echeverría, doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, miembro de la Sociedad Española Leibniz y de la International Academy of the Philosophy of Science

 

“Si quiero entender qué clase de cosa es la tecnología tengo que pensar que los artefactos son producto de nuestros haceres en tanto que especie humana”, explica Diego Lawler, investigador del Conicet y filósofo especializado en tecnología miembro de la Sociedad de Análisis Filosófico (Sadaf). “Una acción tecnológica es intencional, hay una representación previa de los objetivos y resultados, y además es una acción que está acompañada del mejor conocimiento disponible tanto ingenieril como científico. Y también es una acción que quiere transformar el mundo. En esa transformación entran en juego valores, intenciones y sentimientos”, explica el académico.

 

Aguas divididas

 

Se dice que el filósofo español Gustavo Bueno acuñó la frase “pensar es siempre pensar contra alguien”, un refrán que podría bien referirse a dos tipos de personas: los amantes y los escépticos de la tecnología. “Para la década de 1930 del siglo 20, entre las dos guerras mundiales, quedan claras las posturas tecnófilas y tecnofóbicas”, dice Rodríguez. “Primero, los filósofos de la tecnología de tendencia heideggeriana , es decir, que siguen al alemán Martin Heidegger, son tecnófobos. Una segunda corriente, la principal, se enmarca en los estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad. Ponen foco en el análisis de los riesgos, así como la aceptación o el rechazo social de algunas tecnologías. Esta línea suele hacer acercamientos más o menos críticos, pero no tecnofóbicos. Por último, hay filósofos de la tecnología que se han convertido en auténticos predicadores y apóstoles de las excelencias derivadas de las innovaciones tecnológicas, hasta el punto de afirmar que los avances tecnológicos resolverán los grandes problemas de la humanidad. A esta tercera corriente la considero claramente tecnoreligiosa, puesto que promete la salvación del ser humano por vía tecnológica, e incluso la superación de la especie humana en el transhumanismo”, desarrolla Echeverría. “Creo que el debate está planteado sobre premisas equivocadas, pero no se puede negar que existe”, afirma Lawler. “Hay quienes están a favor del desarrollo tecnológico con independencia de las consecuencias y consideran que si hay una oportunidad práctica esa oportunidad debe ser aprovechada.

 

 

Diego Lawler, investigador del Conicet y filósofo especializado en tecnología

 

El filósofo Fernando Broncano hace algunas distinciones sobre la tecnología, como que satisfaga las leyes físicas y sea técnicamente factible, pero también tiene que ser moralmente legítima. Los tecnófilos a veces se deslizan desde lo deseable a lo necesario. Pero no veo la conexión entre una y otra, más bien veo que en el medio hay un proceso deliberativo que los tectecnófilos evitan reconocer”, explica el especialista. “Los tecnofóbicos consideran que ese proceso tampoco existe y que la tecnología es autónoma y que una vez que se hizo una elección tecnológica no queda más remedio que seguir ese curso. Hay cosas que uno puede rescatar de cada visión. En los tecnófilos, que la idea de que la tecnología produce riqueza y no hay que resistirse a la innovación, pero también es necesaria la deliberación sobre ese artefacto o técnica. Se puede decidir no explorarlo, como Alemania hizo con la energía nuclear o Italia con la clonación. Los tecnofóbicos nos llaman la atención respecto a lo difícil que es a veces cambiar la trayectoria del desarrollo tecnológico, pero no hay que suscribir a esa idea de volver a un pasado remoto e idílico”, concluye el especialista. De acuerdo con la visión de Rodríguez, ambos bandos están atrapados en un ataque de doble pinza perpetrado por la realidad artefáctica en la que vivimos. “Uno podría celebrar mucho el avance tecnológico y creer que va a solucionar todos los problemas, pero la técnica no es aséptica. Muchos son tecnófilos en los hechos sin saberlo. Estamos en la era de mayor ignorancia sobre lo que nos pasa técnicamente: el aumento increíble de la tecnología y una comprensión cada vez menor de cómo funciona y no sólo cómo se usa. Los tecnofóbicos no pueden analizar lo que sucede y los tecnófilos están atrapados en un mundo que no comprenden más que rudimentariamente”, comenta.

 

Para muestra basta un botón: pocos usuarios conocen los mecanismos detrás de la recolección de datos en las Apps del Smartphone y menos aún entienden los algoritmos de optimización que funcionan tras el telón en la selección de noticias del feed de Facebook. Actualmente, su creador Mark Zuckerberg está siendo criticado porque su red social creó una cámara de eco de noticias falsas y de desinformación sobre la candidata demócrata Hillary Clinton. Algo que, argumentan los críticos, podría haberle posibilitado la victoria al republicano Donald Trump. “En filosofía, los debates siempre son legítimos pero otra cosa es que sean fecundos”, aclara Echeverría respecto a la dialéctica entre tecnófobos y tecnófilos. “En muchos de esos debates se echa en falta un mayor rigor conceptual, hasta el punto de que priman las creencias y la ideología sobre la capacidad de argumentación y razonamiento”, aclara. “La verdad no es lo que le preocupa ni a los unos ni a los otros, sino, en el caso de los tecnófilos, la búsqueda de beneficios económicos vendiendo artefactos presuntamente smart, y en un futuro superiores a la inteligencia humana; o, en el caso de los tecnófobos, buscando una mayor presencia social y mediática a base de predicar el apocalipsis tecnológico.” ¿Hay alternativas a esta dicotomía?

 

Ni yanquis ni marxistas

 

“Ni la fascinación, ni el fetichismo. La fascinación impide el pensamiento y para mirar un fenómeno prudentemente se necesita una distancia crítica para poder analizarlo objetivamente. También se evita el pensamiento cuando se rechaza de plano y no hay posibilidad de discutir la tecnología con seriedad”, explica Lawler. Mientras tanto, los desafíos que nos plantean el presente y el futuro son bien reales y parecen no admitir ópticas sesgadas. “El riesgo principal es el dominio, e incluso sometimiento, que los Señores de las Redes y de las Nubes ejercen sobre sus usuarios. Por ejemplo, al someterles al Acepto/No acepto, sin posibilidad alguna de negociación. El tecnopoder de estas empresas transnacionales como Google, Apple, Facebook o Twitter es neofeudal, de ninguna manera democrático. El derecho al olvido y borrado de los datos, por ejemplo, es inexistente, y algunos dicen que tecnológicamente irrealizable. Es preciso que los usuarios reivindiquen sus derechos. El riesgo es el de una tecnodictadura, ni más ni menos”, advierte Echeverría. Aunque claramente no es todo lo que existe. “En cuanto a los beneficios, no hay duda de que las TIC aportan muchas ventajas y oportunidades”, expresa.

 

Algunos piensan que el riesgo también podría venir del lado de los usuarios. “Frente a los discursos que avanzan sobre la supuesta tecnificación del mundo es posible que aparezcan movimientos conservadores que rescatan valores tradicionales como la buena familia y la moral. Las nuevas posibilidades tecnológicas permiten otras formas de reproducción y que dos mujeres o dos hombres pueden tener hijos, el proceso de pensar nuevas formas de familia está ligado a la tecnología y la posibilidad técnica”, explica Ingrid Sarchman, licenciada en Comunicación, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires. “Es también algo político. Está muy bien pensar en la figura del neoludita, que se resiste a nuevas formas de existencia más que a tecnologías particulares.” No obstante, la académica es cauta y aclara que “el cambio tecnológico no es tan abrupto. Aún nos reproducimos mayoritariamente de manera tradicional, por ejemplo”.

 

Rodríguez también opina que “no sería raro ver el surgimiento de un movimiento reaccionario a la tecnología”. Cita como ejemplo “el caso de Trump que muestra el surgimiento de una cultura antiglobalización y conservadora. No creo que haya destrucción de máquinas pero puede haber un exilio tecnológico”.Nuevamente, casi sin querer, nos encontramos en los extremos. Aunque podría no ser el caso por mucho tiempo. “De lo que se trata es de establecer un contrato tecnosocial entre productores, distribuidores, suministradores, reguladores y usuarios de las TIC. No sólo hay que poner coto a los males, también hay que limitar los bienes. Soy partidario de una gobernanza de la tecnociencia plural y prudencial”, concluye Echeverría. “Creo que los tecnófobos y los tecnófilos van a desinflarse. Lo que va a ocurrir es una actitud de comprensión. Puesto que la tecnología ha permeado completamente nuestras vidas cotidianas estamos en condiciones óptimas para comprender cómo criamos nuestra relación con la tecnología. Las actitudes extremas deberán ser suspendidas para dar lugar al entendimiento. La tecnología es resultado de nuestro hacer y esto implica reintegrar la agencia humana a la ecuación, porque si vemos a la tecnología como algo reificado sólo tenemos dos opciones: amarla u odiarla”, finaliza Lawler.

 

Al final del día, nadie quiere renunciar a la vida que nos permite la tecnología. Uno de los grandes filósofos de la técnica, Ortega y Gasset, explicaba que lo que nos diferencia de otras formas de vida no es sólo la tecnología sino que esa tecnología nos permite pensar no sólo en vivir sino también en cómo vivir e intentar vivir mejor. Para eso se necesita un manejo sensato del crecimiento complejo técnico que nos rodea. ¿Habrá lugar para fobias y filias?



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2 Comentarios

Victor_Liste Liste Reportar Responder

Muy buena nota!

Victor_Liste Liste Reportar Responder

Muy buena nota!

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