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Negocios

El negocio de las patentes: ¿el dinero es el único estímulo para crear?

Las empresas de tecnología disputan su supremacía valiéndose del monopolio sobre su innovación. Pero el modelo de patentes no siempre potencia la salida de nuevos productos y servicios al mercado. ¿Se puede llegar a un modelo alternativo que permita una mayor colaboración a la vez que cuide el derecho a la propiedad?  El software ofrece una lección.

Por FLORENCIA PULLA - 05 de Diciembre 2017
El negocio de las patentes: ¿el dinero es el único estímulo para crear?

Desde la aparición del smartphone en 2007, Apple y Samsung disputan su dominio sobre el mercado de manera descarnada: lanzamientos de flag-ships con cortos time to market y grandes presupuestos de investigación y desarrollo son la norma para poder ganar un punto más de mercado. En esta “Guerra Fría” del mercado de electrónica de consumo masivo las grandes compañías tienen una herramienta, quizás inusual, para hacer valer sus innovaciones: las patentes.

Desde 2011, de hecho, los dos tanques se pelean la supremacía del mercado, no solamente en las góndolas, sino en los tribunales de Justicia. No es poco lo que está en juego: ambas compañías se precian a sí mismas como las más innovadoras y ser catalogado como quien copia la tecnología del otro podría significar un paso en falso en los mercados y, también, de cara a los consumidores. Las patentes en danza son innovaciones básicas de diseño —Apple, por ejemplo, tiene una controversial patente en los Estados Unidos sobre los celulares rectangulares con puntas redondeadas— o piezas de software funcionales que hacen a la experiencia de usuario. Por ejemplo, el famoso “pinch to zoom”, que permite pellizcar para agrandar una imagen o el doble click que sirve para agrandar y centrar una imagen.

Como las patentes son por países, los juicios se multiplicaron  con resultados variados. Uno de los primeros —en 2012— le otorgaba a Apple daños por US$ 1.050 millones, pero la empresa surcoreana logró reducir la suma e incluso lograr reveses judiciales: ahora se preparan para un nuevo juicio en los Estados Unidos, quizás el definitivo.

Lo cierto es que el sector tecnológico goza de buena salud en lo que a patentes se refiere. Este año las ocho compañías tech más grandes del mundo lograron la aprobación de 18.516 patentes en los Estados Unidos, el mercado más competitivo del mundo y el que habilita el patentamiento en muchos otros países para compañías multinacionales. Sorpresivamente, ninguna de las empresas más agresivas en su postura litigiosa está al tope de la lista: es IBM quien lidera con 5.797 patentes. Samsung tiene 4.143 y Apple solo 1.559, después de Intel (2.064), Google (1.775) y Microsoft (1.673), según datos de la Oficina de Patentes y Propiedad Intelectual del país del norte.

El argumento de muchas de ellas es que para proteger la inversión que promueve la innovación se necesita la garantía de un monopolio limitado sobre la comercialización. Pero el “Juego de patentes” es más complejo. El pico de patentamientos impulsado por la industria tecnológica —de 1992 a 2002 aumentaron 40 por ciento en ese sector solamente, según datos de Organización para el Desarrollo y la Cooperación Económica (OCDE, por sus siglas en inglés) y, en general, se incrementaron 30 por ciento de 2003 a 2010 en los Estados Unidos— funciona no solo como escudo sino como lanza: patentar cualquier innovación, incluso la más pequeña, limita que otros lo hagan y las empresas se apuran a hacerlo. Esta lógica permitió que apareciesen lo que se conoce como “trolls de patentes”: personas o fondos de inversión que se hacen de los derechos de patentes muy generales simplemente para “extorsionar” a compañías que los necesitan para algún desarrollo puntual. Los litigios y arreglos extrajuiciales costaron, en 2011, US$ 290.000 millones, según un paper de la facultad de Derecho de la Universidad de Boston.

La competencia en el mercado de patentes es tal que la adquisición de empresas solo para hacerse de sus patentes se ha convertido en una norma. En su momento, Google compró Motorola Mobility por US$ 12.500 millones para venderla después a Lenovo por US$ 2.900 millones. ¿El botín? 17.000 patentes.

No es un caso testigo. La multiplicación de patentes en el sector tecnológico a escala global marca una práctica extendida. En este contexto, no son pocos los que se preguntan si el modelo de patentes es el más efectivo para “premiar” la innovación o si, por el contrario, la obstruye. ¿Por qué innovamos? ¿Existen modelos alternativos al de patentes que permitan, a la vez, incentivar y cuidar la innovación?

 

La letra chica

El modelo de patentes no es nuevo. De hecho, su origen puede situarse en Venecia —esa tierra de mercaderes medievales— y su aparición, en 1450, está relacionada con los “secretos artesanos” que guardaban los maestros encargados de darle forma al cristal de Murano. “La idea era incentivar a los talleres, en las incipientes burguesías de la época, a revelar técnicas que generalmente se pasaban de maestro a aprendiz. A cambio de la divulgación de ese secreto se les otorgaba una garantía para ejercer un monopolio comercial. El Estado buscaba que las invenciones se hicieran públicas; las leyes de Patentes y Propiedad Intelectual fueron hechas para engordar el dominio público”, explica Beatriz Busaniche, parte de la fundación de software libre Vía Libre y Magíster en Propiedad Intelectual por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).  Y aclara: “Por eso no es un sistema de premios sino de incentivos. Existen los secretos industriales pero el Estado entiende que eso no es socialmente útil; la patente es un estímulo para contar cómo se hizo. Hay una meta colectiva.”

Fernando Peirano, economista.

Los regímenes que protegen la innovación nacieron así, como un win-win entre privados y el Estado. “El capitalismo es poco propenso a dar monopolios, pero entendió que había una utilidad social en dar una concesión limitada en el tiempo para lograr que la creatividad de las personas sea incentivada; para que puedan vivir de su creación”, cuenta Ariel Manoff, abogado especialista en patentes. Cuenta que los tiempos de permisos varían de país en país; en la Argentina, las patentes son otorgadas por el Instituto Nacional de la Propiedad Intelectual (INPI) y duran 20 años.

La Argentina no es, dentro del esquema global de patentes, un jugador muy activo: una fuente cercana al INPI estima en menos de 800 la cantidad de patentes otorgadas cada año. Los tiempos burocráticos para el otorgamiento varían entre los tres y los seis años. El costo, además, es oneroso: según Manoff, puede estar entre $25.000 y $50.000, si se tiene en cuenta la solicitud y los gastos de los abogados. “En el país, la importancia de las patentes es más bien reducida y eso nos pone lejos de los países que más hacen uso de esa reglamentación —explica a Infotechnology el economista especializado en innovación Fernando Peirano—. Eso tiene que ver con los sectores en los que se innova en el país y, también, con un tema cultural.”

Las particularidades del sistema argentino quizás expliquen esta baja en las patentes, especialmente en el sector tecnológico. Mientras que en los Estados Unidos el software y las innovaciones matemáticas pueden patentarse, en la legislación argentina entran dentro del régimen de Propiedad Intelectual, que tiene otras características y otras protecciones. Es por eso que el algoritmo que utiliza Google para indexar contenidos en su buscador está protegido por las leyes de patentes y no del copyright. “En la Argentina, el software se entiende como si fuese una innovación matemática o un proceso y, por lo tanto, no pueden patentarse. En los Estados Unidos lograr esa protección costó muchos años de litigios. Eso explica también por qué es muy habitual en Silicon Valley comprar otras empresas para hacerse de patentes. Si una compañía cree que hacerse de un portfolio viene bien para atacar o defenderse, es probable que avance. En la Argentina se habla mucho del pirata, del que comete fraude en La Salada, pero en los Estados Unidos hay infracciones todo el tiempo: lo que sucede es que las empresas pagan”, explica Manoff. 

Para Busaniche, la decisión de la Argentina de no patentar software jugó a favor del desarrollo de una industria local robusta y explica, quizás, por qué los unicornios argentinos salieron, todos, de la llamada “Economía del conocimiento”. “En el país, no tendríamos industria de software si estuviese protegida por el sistema de patentes —dice, tajante—. El régimen de Propiedad Intelectual cubre la expresión de la idea, no importa el qué.” Entonces, por ejemplo, si una persona o empresa escribe un programa para generar un editor de textos, eso no impide que otra desarrolle una aplicación con el mismo objetivo, siempre y cuando no plagie el código entero. “Si dentro de la patente estuviese incluido el uso, por ejemplo, de la negrita, otro no lo podría incluir en sus desarrollos propios”, explica.

El software argentino permite innovar sin esa protección que da la patente lo que apunta a otras razones por las que personas y organizaciones ponen lápiz en mano y crean soluciones creativas que nada tienen que ver con un estímulo financiero.   (Ver “¿Por qué innovamos?”)(Ver “¿Por qué innovamos?”)

 

Economía Open Source

A escala global es justamente la industria del software la que ha podido desarrollar modelos de negocios alternativos —y altamente lucrativos— a los tradicionales que están más basados en propiedad intelectual o patentes. El Open Source, cuyos desarrollos hoy son parte de un grueso de las empresas globales de tecnología, propone la liberación del código para el desarrollo en comunidad de nuevas soluciones. Este modelo, en las antípodas del de software privativo que defiende un modelo de licencias y de innovación cerrada, ha tomado impulso en los últimos años. Hoy, el software que impulsa todos los gadgets y plataformas con los que interactuamos a diario, fue hecho —al menos parcialmente— utilizando software Open Source.

Pero no siempre fue así. Hace una década, el mundo de los negocios —y también el sector público— consideraba que adoptar software Open Source era una movida arriesgada: los bugs, pensaban, podrían multiplicarse en un entorno en donde “cualquiera pudiese hacer lo que quisiese”. Ocurrió lo contrario. “Más ojos, más manos, siempre es mejor”, opina Sebastián Biagini, gerente general de Red Hat, compañía insignia del Open Source para el segmento corporativo. “La velocidad de la innovación sobre un producto comunitario es mucho más grande que sobre un producto cerrado. El modelo es más horizontal porque la opinión de todos enriquece al producto; hay una necesidad de mejora continua que se ve en las comunidades. Y eso incluye a la seguridad; ser abierto no es ser vulnerable.”

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Beatriz Busaniche, Fundación Vía Libre.

Hay conversos. Empresas de software del mundo privativo, como Microsoft, han concedido al Open Source una victoria moral a abrirse a empresas del segmento, con una filosofía distinta, y cambiando su modelo de licencias a uno de suscripciones. La alianza con Red Hat para simplificar sus server containers fue, en ese sentido, histórica. Diego Bekerman, gerente general del gigante de la ventanita para la Argentina y Uruguay, explica este cambio de actitud. “Los que no se adaptan, desaparecen. Si entendés que tu contexto cambia, hay que evolucionar rápido para adelantarte y que no te pasen por encima. Quedarse en la palabra `innovación´ es un cliché; las empresas tienen que transformarse por voluntad propia porque si no otro lo va a hacer más rápido. El producto en sí mismo no tiene valor; lo que tiene valor es cómo lo ponés a disposición del cliente. Antes nos impulsaban las licencias y las plataformas cerradas pero ese mundo no existe más; hoy los entornos son abiertos y colaborativos.”

En el centro de esta nueva Microsoft está Azure, su plataforma en la nube, que —por la naturaleza de su tecnología— se basa en un modelo de suscripciones y en un “pay as you use” que permite que empresas más pequeñas accedan a los beneficios que antes solo tenían aquellos que contaban con Data Centers propios. “El procesamiento que te da la nube no existía hace 10 años; procesar grandes volúmenes de datos era solo para grandes compañías. El negocio hoy no está más en el mercado de las PC sino en el de poder de cómputo”, cuenta Bekerman.

Otras empresas de verticales ajenos al software han adoptado esta filosofía. Los hackatones Open Source son un ejemplo de ello: solo este año, en nuestro país, se han abierto convocatorias de Barrick y Mondelez para crear soluciones a sus verticales. En consumo masivo, Motorola Mobility apostó al Open Hardware como modelo de desarrollo de los módulos que se adosan al nuevo Moto Z, el modelo de más alta gama de la compañía. En el sector financiero, empresas como JP Morgan están acelerando empresas fintech como Hyperledger, de la Fundación Linux, que usa blockchains Open Source para potenciar la innovación en el sector bancario. “Las empresas están viendo que el software cerrado es peor que el software abierto porque se verifica mucho menos y porque atrae a un pool de talento que es diverso. Es una simple cuestión de escala”, explica a Infotechnology Rodrigo Ramele, doctorando en Ingeniería Informática y profesor del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) y cita ejemplos. “Google, Facebook y Microsoft están entre las empresas más grandes del mundo y todas tienen programas in house de desarrollo Open Source.”

El poder de la comunidad es, a esta altura, innegable para potenciar la innovación pero el modelo de negocios de empresas “puras” no siempre es tan claro. “Si bien el ecosistema de empresas que ofrecen software cerrado está muriendo, Red Hat hay una sola. Es decir, empresas que hayan encontrado el modelo de negocios en la periferia de ese producto, y no dando servicios, son pocas”, concede Ramele.

Además, mantener vivos proyectos no es una tarea fácil y requiere de una comunidad amplia, con un interés que perdure a lo largo del tiempo, lo que no siempre sucede. La sustentabilidad es un problema que la comunidad del Software Libre no ha sabido resolver del todo.

Biagini la defiende; dice que los proyectos no fracasan sino que son reemplazados por otros, más ambiciosos, que atraen la atención de un mercado de talento más amplio. “Los proyectos que mueren no lo hacen por tener detrás un modelo Open Source sino porque aparecen otros mejores. El incentivo de participar en proyectos como Open Stack no es monetario sino profesional”. Es cierto: para aquellos que participan en proyectos comunitarios firmar un desarrollo es una especie de “CV digital” al que muchas empresas del sector prestan cada vez más atención.

Mientras tanto, las empresas cuyo producto es abierto tienen más problema para conseguir capital inicial que aquellas protegidas por patentes o que presentan un producto protegido por el secreto industrial. Yaeltex —una startup local fundada por los hermanos Alejo y Mateo Yael en conjunto con Franco Grassano y Teo Bonilla— entiende las consecuencias potenciales de elegir un modelo abierto. Ellos se dedican a la creación de controladores Midi a medida y basan su modelo de negocios en el Open Hardware: liberan sus productos para que cualquiera pueda producirlos. “El mejor camino para hacer las cosas es compartir conocimiento. Y hoy el mercado da para eso: no todos quieren hacer sus controladores desde cero entonces hay un nicho de mercado para nosotros”, cuenta Mateo Yael. Pero agrega: “Hay un estigma que pesa todavía sobre los emprendimientos Open Source; un miedo a que el negocio es muy fácil de perder. Asumimos que es un riesgo pero preferimos hacer un producto único”.

Busaniche, de Fundación Vía Libre, es optimista. “El modelo económico del Software Libre es interesante porque no propone un monopolio excluyente como garantía de buenos negocios o de buen desarrollo del producto. El modelo abierto ya no es alternativo; es el que mejor funciona.”

 

Una excepción

Por todas las cosas a favor que tiene el software Open Source, hay sectores en donde el modelo de patentes no solo impera sino que encontrar alternativas colaborativas se vuelve difícil. El sector farmacéutico y de biotecnología es donde se presentan la mayor cantidad de patentes. Esto es cierto en el mundo pero también en la Argentina. Una fuente del INPI así lo confirmó a Infotechnology.

Tiene sentido. Según estima la Cámara Argentina de Especialidades Medicinales (Caeme), que concentra a los laboratorios extranjeros en el país, llevar una droga al mercado requiere de una inversión intensiva: se calcula que de todas las drogas en investigación actualmente, solo 5 por ciento llegarán al mercado y requerirán una inversión promedio de US$ 2.000 millones para pasar las distintas fases de desarrollo que implican probar su efectividad en humanos. Las patentes, argumentan, son necesarias para promover las inversiones en investigación y desarrollo. “Los procesos de aprobación de una patente son largos y el research puede durar más de 10 años; entonces, la duración real de una patente se reduce al 50 por ciento”, explica José Priegue, gerente de Asuntos Gubernamentales de Caeme. “Necesitas un sistema que permita el recupero de la inversión.”

Hay, además, una justificación científica detrás. Mientras que generar innovación en el sector implica sangre, sudor y lágrimas, el negocio de copiar una molécula farmacéutica es indoloro. “Es muy difícil sacar una molécula al mercado, porque la inversión es altísima, pero copiarla es muy sencillo: los costos de producción nunca van a ser tan altos como los de investigación”, dice Carlos Peralta, Chief Scientific Officer (CSF) de Novartis. Coincide en este punto el VP de Propiedad Intelectual de la alemana Bayer, Thomas Henshaw. “El sistema de patentes es lo más justo en la industria farmacéutica porque cuida al innovador; si no se genera una competencia desleal con los que copian y se benefician con la inversión de muchos años, y también muchos fracasos, que tienen a cuestas las empresas que innovan.”

Un argumento que pone en duda la Cámara Industrial de Laboratorios Farmacéuticos Argentinos (Cilfa), que protege los intereses de los laboratorios locales, de menor espalda financiera que las grandes multinacionales. “No hay presentadas estructuras de costos para estimar cuánto sale crear una molécula farmacéutica. La exclusividad que da una patente es un precio muy alto que paga la sociedad para estimular la investigación porque ese monopolio permite a las grandes empresas controlar cantidad y precio; la relación entre la inversión y los años de duración de una patente son totalmente desproporcionados”, alega Mariano Genovesi, titular de Asuntos Legales de Cilfa.

La discusión patentes versus genéricos es lo que motiva, en principio, el recelo que tienen los laboratorios por su propiedad intelectual. Pero muchos de ellos participan, con segundas marcas, en el mercado de las copias. A esto se suman los biosimilares, fármacos de origen biológico que emulan a los productos propietarios, en donde también comienzan a competir: Novartis, por ejemplo, tiene Sandoz y Pfizer tiene Pfizer Biosimilars. A escala local, empresas como Insud y Biosidus están metiendo los pies en el mercado de los biosimilares, lo que adelanta una contienda por el dominio de este mercado que regula Anmat y no el INPI (Ver “Hacer móleculas de la patente caída”).

Lo cierto es que en un mercado tan delicado como el de la salud, no son pocos quienes cuestionan al monopolio limitado que dan las patentes sobre la comercialización de nuevos descubrimientos porque, dicen, retarda la innovación. “El modelo de patentes no siempre es bueno para resolver necesidades sociales”, aclara Busaniche. “Mucho dinero de investigación va a resolver cuestiones de la estética, mientras que no se destinan suficientes recursos para investigar enfermedades que afectan a un sector de la población que quizás no puede pagar por esa innovación.”

Hay dos cuestiones centrales: las estrategias de pricing y, su consecuencia lógica, el acceso a las nuevas drogas. Desde Caeme hacen una salvedad. “El sistema argentino tampoco permite que cualquiera ponga el precio que quiera. Hay múltiples metodologías desarrolladas por los sistemas de salud para hacer sustentable el sistema”, acota Priegue. Además, dice, en el mercado existen genéricos cuyo precio es mayor al de los medicamentos patentados y da el caso de Docetaxel, una droga de Sanofi Pasteur, que tiene copias más caras que el original.

Para Henshaw, es el Estado, con su poder de compra quien, en todo caso, tiene que resolver ese desequilibrio. “Hay que entender que una nueva droga tiene una relación costo-beneficio sobre el sistema; se tiene que ver, caso por caso, si esa droga permite un ahorro o un avance social y ahí discutir sobre el precio.” Para Genovesi, “la salud es un derecho constitucional y el Estado sí tiene una responsabilidad en cómo asigna exclusividades en el mercado y en cómo asigna sus presupuestos”.

Si en el mundo del software, existen diferentes modelos que conviven, en el mercado farmacéuticos, estos modelos colaborativos no parecen ser opciones del todo viables. “Esa es la gran discusión —concede Daniel Ciriano, director médico para la región de Roche— porque hay muchas aristas a considerar. Hay modelos de crowd innovation en el mundo para colaborar pero, ¿hay estimulo  suficiente como para que eso lleve a la creación de nuevos productos que tengan la calidad que hoy tienen en su manufactura  final? Es totalmente especulativo.”

 

¿Sirve o no sirve?

Cuando se habla de organizaciones y no de individuos,  la relación entre innovación y protección por patentes se vuelve menos clara. Las conclusiones derivadas de estudiar “la economía de las patentes” son distintas y varían por sector. No es lo mismo hablar de la economía Open Source y de los aportes creativos de la comunidad, entonces, que de la industria farmacéutica y su modelo de investigación y desarrollo que, aunque controversial, saca al mercado drogas para extender y mejorar la vida. “Es difícil encontrar una prenda que les entre a todos en todo momento y lugar. El problema del sistema de patentes es que es un traje hecho a medida de algunas industrias, que sí requieren ciertas certezas para invertir, pero que no sirve para todos”, dice Peirano.

Un estudio de la facultad de Económicas de la Universidad de Oxford ilustra esto. Encontró que cuando las patentes se otorgan en el sector manufacturero y de servicios, las inversiones en investigación y desarrollo suelen ser mayores. Especialmente en sectores en los que la inversión es intensiva y el riesgo de recupero alto, el incentivo de las patentes se vuelve clave. En otras, la relación es menos clara.

De hecho, en sectores donde la innovación no viene asociada a grandes inversiones en tecnología —muchas son mejoras a productos o técnicas existentes—, las patentes muestran menos efectividad marca un paper de la Escuela de Negocios de la ciudad de Copenhague.

“El de patentes es un juego de equilibrios —reconoce Peirano—porque tiene que ser adecuado para incentivar pero sin excederse y obstaculizar la innovación. Hoy, hay cada vez más patentes pero eso no significa que vivimos en un mundo más innovador. Muchas veces las patentes se usan para crear corralitos en diferentes temas de investigación; no para innovar o proteger lo estudiado sino para obstaculizar proyectos de los competidores.” Las conclusiones de un working paper de la Reserva Federal de Saint Louis, en los Estados Unidos, son similares: la cantidad de patentes subió de 189.597, en 2003, a 244.341, en 2010, mientras que los presupuestos de I+D se mantienen más o menos estables.

Valentín Muro, filósofo.

Valentín Muro, filosofo y entusiasta de la ética hacker, habla de un modelo para armar; estas, dice, son épocas de transición. “La idea de innovación es tramposa  porque casi todo es un remix de cosas que surgieron antes. Si impedís el acceso al conocimiento es difícil crear en base a combinaciones anteriores. El modelo de patentes está llegando a su límite. Pero las empresas del futuro van a tener que presentar un modelo alternativo que sea igual de sustentable”. Busaniche coincide. “No es que el modelo no sirve sino que se ha vuelto injusto; no hay que arrojar el sistema a la basura sino que hay que redefinirlo.”

La clave, parece ser, es encontrar un traje a medida por industria. “Durante mucho tiempo prevaleció la mirada sectorial de la industria del entretenimiento y de la farmacéutica; hicieron que su traje a medida, que funciona, sea la regla general y eso también ha generado problemas. Hace 30 años el discurso dominante era el de las patentes; hoy hay modelos alternativos que sirven en otros sectores y que podrían aplicarse en otros verticales”, dice Peirano. En la Economía del Conocimiento, el viejo modelo de patentes enfrenta su batalla más difícil.



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