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Cómo es el mercado de las impresoras 3D en la Argentina y en el mundo

 La impresión en tres dimensiones permite crear objetos reales a partir de modelos creados en computadoras. Cómo crece este segmento y quiénes lo impulsan.




En la próxima revolución industrial, los átomos serán los nuevos bits”, sentenciaba Chris Anderson en un artículo de la revista Wired a comienzos de 2010. El ex editor jefe de la publicación y autor de libros como “The Long Tail” elegía esta metáfora para graficar su visión del futuro modelo de “producción social”, un fenómeno que se aproxima con la disponibilidad para individuos de tecnologías y herramientas que antes sólo estaban al alcance de las grandes industrias. Parte de estos avances son, decididamente, las impresoras 3D, que permiten crear objetos reales a partir de modelos tridimensionales creados en computadoras.

Existen varios tipos de impresoras 3D: diversas tecnologías, técnicas y materiales se engloban en la llamada “manufactura aditiva”, en contraposición a la manufactura sustractiva; es decir, donde las piezas se obtienen quitando material, como por ejemplo en el tallado o torneado. Las impresoras 3D existen desde hace bastante tiempo en ambientes industriales. Entonces, ¿por qué reciben tanta atención ahora?

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La gran revolución llega con las llamadas “impresoras 3D personales”, máquinas con precios de entre U$S 1.000 y U$S 5.000. Estos equipos están viviendo un momento similar al que experimentó la informática al pasar de los grandes mainframes a la computadora personal. Así como hoy el mundo de los bits está al alcance de todos, esta tecnología podría masificar (consumerizar) el mundo de la producción de objetos.

Impresión hogareña

En el “boom” de las impresoras personales tuvo mucho que ver el proyecto RepRap. Hacia comienzos de 2004, el ingeniero británico Adrian Bowyer inició el proyecto RepRap a partir de patentes que habían caducado. El objetivo era crear impresoras 3D personales auto-replicantes —es decir, que puedan imprimir las partes necesarias para crear una impresora similar— a un costo significativamente menor al de las máquinas disponibles a nivel industrial, que era de alrededor de ? 30.000. La visión: que cada persona pudiera tener una impresora 3D para imprimir sus propios objetos, sin necesidad de adquirirlos a terceros.

Para muchos, la impresión 3D y su modelo de “manufactura social”, donde cualquiera podría crear y compartir diseños en tres dimensiones, bajarlos de Internet e imprimir toda clase de objetos, promete un cambio de paradigma social, una suerte de tercera revolución industrial. Permitiría producciones a pequeña escala a precios accesibles y contribuiría a la descentralización de polos fabriles manufactureros. Todo esto, claro, como parte de una visión a largo plazo.

RepRap tuvo notoriedad pública en 2005; hasta la fecha, han presentado cuatro modelos diferentes de impresoras. Hacia septiembre de 2008, RepRap tenía noticias de que se habían producido unas 100 copias en distintos países. Para esa fecha, ya no podía precisarse el número exacto de impresoras en circulación.

La iniciativa RepRap anima a las comunidades a mejorar y mantener “abiertos” sus desarrollos, acompañando el espíritu de “open hardware” con el que nació. Sin embargo, se estima que varios proyectos, abiertos y cerrados, emergieron del proyecto.

En suelo local

En la Argentina, Kikai Labs es uno de ellos. Marcelo Ruiz Camauër, CEO de Enterprise Objects Consulting, una empresa que brinda servicios de software, incursionó en la creación de impresoras 3D. En marzo de 2012, un empleado le acercó la propuesta. Así nació Kikai Labs, que está puliendo su segundo modelo de impresora 3D, que estará pronto a la venta a $ 8.200.

La impresora de Kikai Labs utiliza la técnica FDM (Fused Deposition Model), un proceso que emplea un polímero, lo funde y lo va depositando capa sobre capa sobre una cama o superficie y va creando el objeto. Trabaja con PLA (ácido poliláctico), un material que se obtiene a partir del almidón de maíz, o con ABS (Acrilonitrilo Butadieno Estireno). Su ensamble es local, al igual que la producción del 50 por ciento de sus componentes, mientras que la otra mitad —incluyendo motores y electrónica— debe ser importada. El equipo imprime piezas de hasta 20 por 20 centímetros y 18 de alto.

Ruiz Camauër explica que en la empresa “hay tres personas trabajando a tiempo completo en este proyecto. Estamos invirtiendo unos U$S 50.000”. Las máquinas de Kikai, dice, son ideales para hobbistas y para prototipado. Si bien los modelos actuales continúan el espíritu de RepRap, Ruiz Camauër no descarta incursionar en modelos más cerrados a futuro. “Hay también otras técnicas, como la estereolitografía, que trabajan con polímeros líquidos. Me encantaría poder trabajar con esta alternativa a futuro”, dice. Pero las de Kikai Labs no son las únicas impresoras 3D con sello argentino.

Maximiliano Bertotto está trabajando en un prototipo con técnica similar a la estereolitografía, un modo de producción que “proyecta luz hacia una resina fotosensible, polimeriza y va construyendo el objeto capa por capa”. La resina es un acrilato líquido, que puede ser símil ABS (acrilonitrilo butadieno estireno), goma o cera. Bertotto comenzó el desarrollo de su impresora hace un año y medio. Hoy, lo acompañan otras cuatro personas en el proyecto y están “haciendo los últimos ajustes, que entrarán en etapa de producción en breve”. La meta es colocar el primer producto en el mercado en la primera mitad de 2013. Todavía no definió el precio que tendrán sus equipos, pero “serán accesibles a cualquier persona y estarán en el orden de precios de una ultrabook”, dice.

A diferencia del prototipo de Kikai Labs, la impresora 3D de Bertotto no seguirá los lineamientos de open hardware de RepRap, sino que se trata de un proyecto cerrado. De hecho, el diseño de la impresora fue realizado por el estudio Idon Design. Además, está desarrollando también los componentes de software. Parte de las piezas de su prototipo, al igual que ocurre con Kikai Labs, emplea partes importadas. “El tema de las importaciones lo estamos resolviendo y lo positivo es que también es una barrera para la competencia de máquinas extranjeras”, remarca Bertotto.

Además de estos dos emprendedores que encararon la fabricación local de impresoras 3D en la Argentina, otro actor que está impulsando estos equipos en el país es Leapfrog Latina. La empresa, creada en 2011 en los Países Bajos, está siendo desarrollada en la región por Rodrigo Pérez Weiss. “Vengo de la industria gráfica. En mayo, en la feria Drupa, entré en contacto con estos equipos. Cerré un acuerdo con la empresa para representarlos en América latina y ya abrimos en Brasil, México y Chile”, cuenta.

Los equipos de Leapfrog, cuyo precio en el país se estima que rondará los U$S 4.000, también están basados en una patente vencida, pero Pérez Weiss prefiere despegarse del proyecto RepRap. “El concepto RepRap tiene originalmente la idea de un equipo que se auto-replique. Nosotros dejamos de lado eso. En la realidad de la productividad, los equipos RepRap son para expertos. Quien puede armar un equipo de éstos no es menos que un ingeniero. No es algo que uno compre, presione ‘imprimir’y funcione. Para una industria que precisa piezas de precisión o un estudio de arquitectura que quiere hacer maquetas se necesita algo que funcione siempre”, explica.

Y agrega: “Apuntamos a un segmento de consumidores profesionales. Pero entiendo que hay un target para equipos más económicos”. La empresa tiene tres máquinas en la Argentina y está esperando su primera partida de diez equipos, que está en camino. “Hay mucha expectativa por estos equipos. Los que estamos trabajando con ellos recibimos una gran cantidad de consultas. La impresión 3D está en un pico de expectativa”, dice Pérez Weiss.

Panorama internacional

En su reporte 2012 (publicado en mayo) sobre el mercado de manufactura aditiva (AM, Additive Manufacturing) e impresoras 3D, la consultora Wohlers Associates indica que, para 2015, los productos y servicios AM alcanzarán ventas por U$S 3.700 millones a nivel global. Para 2019, la cifra sobrepasaría los U$S 6.500 millones. Estos números incluyen equipos industriales y de alta gama como el segmento de las impresoras 3D personales, de precios inferiores a los U$S 5.000.

Wohlers estima que en Estados Unidos, durante 2007, se habían vendido tan sólo 66 máquinas en el segmento personal. En 2010, se habían comercializado 5.978 equipos, una cifra que saltó a 23.265 impresoras 3D personales al año siguiente. En comparación, en 2011 se despacharon 6.494 equipos de manufactura aditiva de nivel profesional. Pero las impresoras 3D personales tienen un largo camino por recorrer. La tecnología está en una fase naciente y los usos y aplicaciones recién se están explorando. Se pueden emplear en un amplio espectro de áreas como el desarrollo de prototipos y el diseño industrial, decoración y medicina dental. Otro uso es el reemplazo de métodos de producción más caros, especialmente cuando se trata de industrias sin economías de escala. Pero nuevas aplicaciones surgen día a día.

“Aún estamos lejos de un equipo que permita imprimir tan sólo presionando un botón”, explica Pérez Weiss. La impresión 3D todavía está restringida a usuarios con un cierto nivel de conocimientos técnicos. “También hacen falta mejores computadoras para manejar los diseños 3D de gran tamaño”, completa. Sin embargo, incluso desde una perspectiva más realista, las expectativas son buenas. La tecnología está en ebullición y habrá avances en los próximos años.

La edición original de este artículo se publicó por primera vez en la revista Information Technology N°183 (diciembre de 2012).

 

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