Nora Sabelli: "Hay que capacitar a los maestros"

Tras 50 años de carrera en Estados Unidos y como asesora del plan Conectar Igualdad, la científica argentina traza una panorama de las transformaciones en la educación. La visión de una especialista que se inició en los añios '60 con una Mercury Ferranti. 17 de Febrero 2011
Nora Sabelli: "Hay que capacitar a los maestros"

Nora Sabelli se fue por primera vez de la Argentina en 1960. Era parte de la segunda camada de becarios del Conicet y en la Universidad de Chicago, Estados Unidos, comenzó sus estudios de doctorado para su especialización en química orgánica teórica y regresó al país para defender su tesis en la Universidad de Buenos Aires. Su línea de investigación requería el uso de computadoras, lo que la convirtió en usuaria intensiva de la Mercury Ferranti del Instituto del Cálculo de la Universidad de Buenos Aires, también conocida como “Clementina”. En 1966, la violenta irrupción policial en una serie de facultades que se conoció como la Noche de los Bastones Largos marcaría su salida definitiva de la Argentina para continuar su carrera en Estados Unidos. “Después de esa noche no pude volver a entrar al laboratorio, perdí todos mis trabajos, todos mis datos”, recuerda. Su carrera viró gradualmente desde la química hasta convertirse una de las más importantes especialistas en tecnologías y aprendizaje del mundo. Desde 2001, Sabelli tiene a su cargo un equipo de investigación en SRI International (Stanford Research Institute) y antes había dirigido diversos programas en educación y recursos humanos de la National Science Foundation (NSF). 

A sus 73 años, el mes pasado Sabelli recibió la medalla Raíces de parte del Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación, otorgada a los científicos argentinos que desde el exterior colaboran con la Argentina. Además, fue nombrada miembro del Consejo Asesor del programa Conectar Igualdad, por el que se entregan notebooks a los alumnos. Antes de tomarse un vuelo de regreso a Estados Unidos, habló con Information Technology sobre el plan Conectar Igualdad, el impacto de la computadora en la enseñanza y la evolución del software para el aprendizaje.

¿Cómo evalúa el desarrollo del plan Conectar Igualdad?
Tiene muy buenos objetivos. Hay gente que sabe lo que hay que hacer, pero el problema es que hay que planear muy bien las cosas; se trata de un problema masivo y yo no veo que estén los suficientes recursos y el planeamiento adecuado. Es necesario preparar bien a los maestros para usar este tipo de herramientas, porque involucra un cambio fuerte en la dinámica del aula. Yo estoy aquí pasando conocimiento y también absorbiéndolo, porque mucha de la gente que viene de afuera y habla no sabe lo que pasa acá. Y yo tampoco lo sé muy bien, porque hace más de 50 años que vivo fuera del país. 

¿En qué medida el maestro siente una pérdida de poder ante la incorporación de la computadora en el aula?
Le respondo con una anécdota. Supongamos que estamos en el consultorio de un médico y están las madres con sus chicos enfermos. Se abre la puerta del consultorio y sale una enfermera en lugar del médico y dice “tomen una aspirina, vayan a su casa y después me cuentan cómo les fue”. Ahí está el equivalente de lo que hace el maestro. La idea de que el médico también hace la investigación y decide si este remedio funciona o no para una determinada enfermedad es absurda. El médico diagnostica al individuo y después ve entre todos los remedios que existen cuál y cómo se lo aplica al paciente. Nadie considera que el médico no es un profesional porque existen reglas acerca de lo que puede hacer o no en el consultorio. Hay que ver al maestro de la misma manera, como un profesional del diagnóstico de la relación con el estudiante. Y como profesional debe saber qué nuevas herramientas están a su alcance y cuáles va a usar en cada caso. Enseñar es una profesión difícil, y lo que se logra dándoles más herramientas es profesionalizarlos más. Ser profesional es ser parte de un grupo que se autoevalúa, que usa herramientas probadas y que discute permanentemente lo que hace.

Pero estamos hablando del modelo ideal. Lo que pasa, tras décadas de una manera de formar a los maestros, es bastante distinto. ¿Cómo se hace la transición?
Hay que capacitar a los maestros. Si uno hace un proyecto masivo como el que se está impulsando ahora, los chicos van a hacer cosas en el aula que los maestros no van a necesariamente utilizar como herramientas de aprendizaje. Además, no se puede seguir evaluando como se lo hacía antes. Por muchos años, los economistas dijeron que las computadoras no ayudaban a la industria, porque no ahorraban dinero. Pero  se dieron cuenta de que mejoraba la relación con el cliente. Lo mismo pasa en educación: no vas a ahorrar, pero hay que mirar la calidad de la educación. No se la puede medir igual que antes, porque no se puede medir con las evaluaciones tradicionales lo que aprendieron con respecto a las comunicaciones, a la tecnología moderna, a adueñarse de los procesos. Si no se pone el énfasis en cambiar contenidos y la forma de evaluación, al cabo del primer año te van a decir que no sirve para nada. En la Argentina van a adaptar la tecnología a las currículas que ya existen, pero lo que habría que pensar es cómo cambiar las currículas en base a la ciencia moderna. La nanotecnología o la ecología no pueden enseñarse a la vieja usanza. 

Usted se ha manifestado crítica del modelo One Laptop Per Child (OLPC), que se ha puesto en marcha en muchos países, inclusive en Uruguay. ¿Por qué?
Me parece que le falta una parte. Yo hablé mucho con (Nicholas) Negroponte y varios de ellos y lo que dicen es cierto: los chicos van a aprender de todas formas. Pero la parte de los maestros y la del conocimiento no la desarrollaron lo suficiente. No le ven un rol central al docente y tienen una visión muy romántica de todo esto. Ponen mucho énfasis en la educación del individuo, pero así se corre el peligro de eliminar el mandato que tiene la sociedad de educar a toda la población de una manera coherente y tiene el potencial de crear enormes diferencias entre grupos sociales. 

¿Cómo se adaptan estos modelos de enseñanza, concebidos en Estados Unidos o Europa, a países menos desarrollados? ¿Pueden ser tomados en forma acrítica?
No, y con OLPC el problema es en todas partes. En Uruguay ya les están preguntando qué tienen para formar a los maestros. Pero hay que empezar por lo que se sabe en otras partes, pero acá se da cierta tradición francesa de elitismo teórico. Los proyectos que están funcionando en Estados Unidos tienen entre 10 y 20 años de historia e investigación. El sistema europeo está más basado en una sociedad homogénea con ideas homogéneas, mientras que Estados Unidos tiene cierta problemática similar en cuanto a las diferencias entre los segmentos de la sociedad. Hay que lograr una visión madura de cuáles son las tecnologías, entendidas como combinación de software, hardware y contenidos, que han funcionado y cuáles no.Me gustaría que en la Argentina se hiciera investigación en estas ramas, porque eso no sólo genera conocimiento sino que produce gente que comprende los procesos. Hace falta más colaboración entre informáticos, pedagógicos y gente que sepa contenidos.

¿En qué proyectos está involucrada?
Estoy tiempo parcial en el SRI, que se separó de Stanford en la época de la Guerra de Vietnam.   Está al lado de Stanford y compartimos colegas, pero es independiente. Allí estoy trabajando en un centro de ciencias del aprendizaje que apoya la NSF, con comités que están preparando recomendaciones sobre cómo generar la fuerza de trabajo de la sociedad cibernética. Por ejemplo, cómo hacer que haya más gente en la carrera de computación. O que los administradores de las carreras sepan qué hacer con los datos con los que cuentan sobre cómo aprenden los alumnos. También trabajo el centro LIFE (Aprendizaje en ambientes formales e informales, por sus siglas en inglés), donde estoy a cargo de un grupo que hace estudios sobre cómo implementar los nuevos modelos de enseñanza en el aula. Qué adaptaciones requieren, qué negociaciones tiene que tener el maestro con la escuela, con los padres. Mirar las partes normalmente invisibles de la enseñanza, de la introducción de nuevos conocimientos. Hacemos estudios comparados, para ver qué cosas son generales y cuáles son particulares. 

Según un relevamiento de la Unidad de Planeamiento Estratégico de la Calidad Educativa, que depende de Presidencia de la Nación, poco más del 12 por ciento de las escuelas tiene conexión a Internet. ¿En qué medida es una barrera? 
Bueno, lo es. Pero uno podría poner un servidor local con un montón de las capacidades. Lo que faltará es el acceso a la información general. Hay mucho buen software que no necesita una conexión a Internet. Pero se supone que Conectar Igualdad busca superar estas falencias.

¿Cómo ha evolucionado el software para aprendizaje?
El software que me interesa tiene entre 5 y 15 años de desarrollo, con muchos ciclos de utilización en el aula, de cambiar el método de evaluación e implementación. Hay mucho software de código abierto, como el que tiene Concorde Consortium, que se usará en algunas experiencias en la Argentina. Y las posibilidades que brindan son muy interesantes: se puede hacer un “template” y que sea el maestro el que termina de hacer el material, ya con un diseño claro y apoyo de la gente que hace el contenido, para que no se sienta solo en eso. En las evaluaciones se tiende a las opciones, a las selecciones que hacen los estudiantes. Eso dice mucho más sobre cómo piensan que la simple memorización. O, por ejemplo, que el maestro no le enseñe a los chicos para que aprendan, sino para que ellos le enseñen a un Avatar. Y después evalúa si el Avatar aprendió o no. Si el chico entendió, el Avatar podrá contestar las preguntas. Pero es fundamental no perder de vista el apoyo al maestro: si nadie contesta sus preguntas, si no tiene respaldo detrás, el software no hará la tarea por sí solo.



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