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Competitividad o pobreza: la decisión del Bicentenario

Por Alberto Schuster, Senior Partner de KPMG Argentina 28 de Mayo 2010
Competitividad o pobreza: la decisión del Bicentenario
Pocas cosas encontrarán más acuerdos que el hecho de que nos hallamos inmersos en una senda de declinación de los niveles de prosperidad de nuestra gente. Nuestro desempeño económico, en los últimos 40 años, ha sido decepcionante.

Luego de la actual crisis, el mundo va a una nueva normalidad donde, en los países desarrollados, el consumo y la inversión se ubicarán en niveles inferiores al pasado. La oportunidad se centra en los países emergentes. En un mas largo plazo, los primeros sufrirán las consecuencias del proceso de envejecimiento de sus poblaciones mientras que las oportunidades se centrarán en aquellos países que detentan gran cantidad de población, desarrollo medio y una mezcla adecuada de habitantes jóvenes y maduros.

Este contexto presenta, para nuestro país, una gran oportunidad, que sólo generará una mayor prosperidad para nuestra gente en la medida en que lo materialicemos en tasas de crecimiento del PBI per cápita similares a las que logramos luego de la crisis del 2001 y una mejora significativa de la distribución del ingreso.

Con el nivel de inversión y productividad actual, no estaremos en condiciones de alcanzar el objetivo. Mucho menos, sacar a porciones relevantes de compatriotas de la pobreza. Para revertirlo, necesitamos mejoras drásticas en nuestra competitividad bajo un concepto irrefutable: que los países, que logran para sus habitantes mayores niveles de prosperidad, son aquellos que generan los más altos niveles de competitividad. En nuestro caso, es un hecho que, mediante una relación causa-efecto, nuestra competitividad ha sido tan decepcionante como nuestro desempeño económico.

¿Qué debemos hacer los argentinos para lograr la drástica mejora de esta competitividad? Generar, mediante el adecuado funcionamiento de nuestro “sistema político-administrativo”, mejoras significativas, sistemáticas y contínuas en los factores de competitividad. Así, generaremos las condiciones para que las empresas y nuestros emprendedores creen mucho mas riqueza. La decisión es: competitividad o pobreza.

La mayoría de los países competitivos son “economías de mercado”; sus dos expresiones relevantes son: el “capitalismo de libre mercado” y el “capitalismo social de mercado”. No existe modelo que asegure mayor bienestar ya que no existen grandes diferencias a nivel del PBI per cápita generado por cada tipo. No es tan relevante la elección del modelo como que, una vez definido, hagamos las cosas bien.

Un mundo variopinto
Con ciertas excepciones, los países competitivos presentan sistemas democráticos, respeto a las libertades civiles, a los derechos de propiedad, al marco jurídico, estabilidad macroeconómica, regulación de los mercados de productos, finanzas y trabajo, política monetaria prudente y redes de protección social. Asimismo aseguran niveles adecuados de infraestructura, educación, oferta de trabajo e innovación.

En cualquiera de estos modelos, los países mas competitivos presentan por habitante los niveles mas altos en el comercio exterior total, en la inversión y en el mercado de capitales. Consiguen altos niveles de productividad como consecuencia de su “virtuosidad” en los “factores de competitividad”. Los que logran una mejor distribución del ingreso logran mejor calidad de vida.

Con foco en la competitividad el mundo es variopinto. Encontramos países que, con una gran cantidad de población, son altamente competitivos. Superan los 60 millones y muestran PBIs per cápita de u$s 44.000 anuales. Encontramos aquí a Alemania, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Japón. Son grandes y virtuosos en su competitividad. Tienen grandes mercados internos, altos niveles de comercio internacional y grandes mercados de capitales.

Luego, encontramos aquellos que, en términos relativos a los dos primeros, tienen poca población y son virtuosos en su competitividad. Tienen poblaciones de hasta 30 millones con PBIs per cápita de u$s 45.000 anuales. Se encuentran en este grupo Australia, Austria, Bélgica, Canadá y Holanda, entre otros. Su mercado es el mundo. Esa inserción en el mundo es la fuente de sus altos niveles de inversión. Sus empresas tuvieron y tienen que ser competitivas y sus Estados tuvieron y tienen que proveer la plataforma para que ello así suceda.

Finalmente, tenemos los países que, con una gran cantidad de población, son poco competitivos. Tienen mas de 60 millones, con poblaciones jóvenes y PBIs per cápita entre los u$s 1.000 y los u$s 10.000 anuales. Encontramos aquí a países como Brasil, China, Egipto, India, Indonesia, México, Tailandia y Vietnam. Son grandes no virtuosos. Representan un mercado de 3.600 millones de habitantes. Nuestro país no detenta una gran cantidad de población, su población es joven, su PBI per cápita asciende a u$s 8.000 anuales y es poco competitivo.

En los últimos 15 años, las inversiones, además de ir hacia los virtuosos, fluyen hacia los grandes no virtuosos. Con su gran y joven población y sus bajos niveles de consumo representan grandes mercados. Muchos son ideales para tercerizar producción y servicios. Somos tan poco competitivos como los grandes no virtuosos. Debemos cambiar y rápido. Debemos parecernos a los pequeños virtuosos. Nuestro mercado está en el MERCOSUR: 270 millones, en lugar de 40 millones. Pero también está en el resto del mundo. Y no solo con productos primarios.

Liderar el camino
Para lograr esta virtuosidad, es imprescindible generar un verdadero salto cualitativo. Hacia la virtuosidad. Un salto, ¡no unos pasos! Necesitamos recrear la aspiración del desarrollo. La mejora de la competitividad deberá constituirse en “una causa nacional”.

Deberemos mejorar drásticamente la calidad de los factores de competitividad, fundamentalmente los referidos a: estabilidad del marco legal; independencia y calidad del sistema de justicia; respeto de los derechos de propiedad; transparencia en la generación de las leyes y políticas de gobierno; igualdad de oportunidades y educación; funcionarios públicos capaces, honestos y bien remunerados; transparencia en la gestión del Gobierno; acceso a los mercados de capitales;  fortaleza del sistema financiero y del mercado local de capitales; calidad de los partidos políticos y confianza en los políticos; conducta ética de las empresas; fortaleza de las asociaciones empresariales; responsabilidad de los sindicatos; calidad de la infraestructura.

Los políticos, los empresarios, los intelectuales y los dirigentes sociales y sindicales deberán liderar el cambio. Deberán encontrar las coincidencias básicas y necesarias y proponer “jugar el partido” de acuerdo con las reglas que hoy son aceptadas por la amplia mayoría de los países. La gente deberá ser convencida de que tenemos una nueva oportunidad y el mundo deberá apreciar que un cambio se ha producido en la Argentina. No por parte del gobierno de turno, sino en los liderazgos que conforman la sociedad. Tenemos la materia prima para hacerlo: los argentinos poseemos las virtudes para encarar nuestro futuro mejoramiento.



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