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Por qué los argentinos no pueden entrar al millonario negocio de YouTube

Matar al intermediario y ser dueño de un canal de contenidos es atractivo para miles de Millennials con ganas de ganarse la vida en YouTube. Pero las restricciones de la plataforma y una creciente competencia están matando el fenómeno antes de que despegue.

Por Juan Castiglione - 09 de Noviembre 2017
Por qué los argentinos no pueden entrar al millonario negocio de YouTube

YouTube nació por la necesidad de disponer de una plataforma simple y rápida para subir videos en la web. Solo basta con recordar internet en la época previa a la irrupción de la plataforma: eran los años donde Flash Player, el enemigo número uno de la gran mayoría de los developers, ejercía un reinado despótico en el campo multimedia.

El ascenso de la pequeña empresa fue meteórico. Un año después de haber sido fundada fue comprada por Google, que desembolsó US$ 1.650 millones, un verdadero vuelto si se lo compara con las cifras que se manejan hoy en la industria tech. El resto es historia conocida: la propuesta demostró ser un éxito y el punto de referencia a la hora de hablar de video online. Como era de esperar no acaparó el mercado de manera solitaria, sino que surgieron otras alternativas, sobre todo desde el lado mobile, que aportaron nuevos ingredientes a la fórmula. La extinta Vine, Vimeo, Snapchat y, sobre todo, Facebook e Instagram, se transformaron en vías importantes para reflejar nuevas formas de hacer videos en internet.

DATO:

300 horas de video  por minuto

Es lo que cargan en la plataforma YouTube los creadores de contenido.

No caben dudas, el formato de video web democratiza el acceso a la distribución de contenidos audiovisuales: se eliminan intermediarios y el creador llega de manera directa a su público. Para Martín Garabal, reconocido realizador audiovisual y conductor radial que hizo gran parte de su carrera profesional a través de la web (“Periodismo Total”, “Famoso” y “Conocidos”, por solo citar algunos proyectos), los videos online “siguen siendo un formato accesible y en función de eso se puede pensar en soluciones creativas para que funcione mejor”. Al respecto, agrega que “es más fácil traccionar para que alguien vea algo online, ya que todos tienen celular inteligente o una computadora, que tener que agitar para que vean en un horario determinado un programa cualquiera con una enorme competencia”.

Garabal destaca que también existen ventajas en el orden de la libertad creativa que no se encuentran en los medios tradicionales, ya sea porque se debe movilizar un gran equipo de trabajo o porque existen limitaciones éticas y estéticas para mostrar determinados temas. Acto seguido, aclara: “Internet es un poco más amplio por ahora, aunque en determinadas cuestiones se viene `poniendo la gorra´ y ejerce cierta censura absurda”.

 

Libertad, ¿divino tesoro?

El lado B de esta libertad es una tendencia cada vez más recurrente de las plataformas que alojan contenidos en video a ejercer mayor control sobre lo que se puede mostrar y lo que no. La moderación de contenidos es un campo recurrente de polémicas con sus usuarios, ya que en muchos casos es excesiva en situaciones que no lo ameritan y mucho más laxa en casos donde sí se les exige una mayor intervención.

A modo de ejemplo, en marzo de este año cientos de anunciantes se quejaron ante YouTube porque su algoritmo hace muy difícil garantizar que sus publicidades no terminen en videos con contenido extremista. La polémica tuvo especial repercusión en Gran Bretaña, donde algunas de estas empresas decidieron boicotear el servicio de video hasta tanto no garantizara un mayor control sobre lo que publican sus usuarios. Desde YouTube respondieron a estas exigencias con promesas de mejor vigilancia y la intención de contratar un número significativo de personas para revisar contenido que resulte “cuestionable”.

“Hoy los YouTubers  son los nuevos famosos. El tema es que puedan vivir de esto.”

--Martín Garabal

El otro lado de la moneda lo reflejó a mediados de septiembre Gaby Dunn, una famosa comediante que lleva adelante el canal “Gaby & Allison”, donde se tratan temáticas sobre sexo heterosexual y LGBT. En un tuit sentenció: “Bien, ya empezó. @YouTube comenzó a desmonetizar todo el contenido LGBT de nuestro canal”. La plataforma había marcado como “inapropiados para los anunciantes” incluso videos que no eran sexuales en lo absoluto, eliminando anuncios y privando de ingresos a sus creadores. El duo pop “Tegan and Sara”, abiertamente gay, también sufrió una censura similar, ya que algunos de sus videos musicales fueron filtrados por una herramienta de la plataforma destinada a que las escuelas y los padres puedan bloquear contenido no apropiado para niños. La temática sexual no fue la única afectada: incluso grupos conservadores han puesto el grito en el cielo por sanciones a sus producciones.

En esencia, existe un problema de escala. YouTube creció hasta un punto inimaginable: actualmente se cargan más de 300 horas de video por minuto, por lo que se necesitarían más de 50.000 empleados trabajando en turnos de ocho horas mirando únicamente los nuevos videos para poder moderarlos de forma manual. Salta a la vista que los algoritmos usados para paliar este déficit no han logrado aún la tasa de éxito deseada.

Nicolás Fischman, reconocido YouTuber argentino de tecnología, considera que “cualquier punto negativo de YouTube surge de que una empresa privada es dueña de la web y todo aquel que publique contenido en la plataforma no tiene un contrato de trabajo, entonces no queda otra opción más que estar completamente supeditado a cualquier cambio repentino de políticas que, tranquilamente, pueden destruir años de trabajo, prácticamente sin derecho a réplica. Sumado a que existe una constante sensación de que la empresa no cuida a los creadores de contenido; de hecho, desde mi posición puedo afirmar que hacen que nuestro trabajo sea cada vez más difícil”.

Para Fischman, otro problema adicional es que “si bien existe la posibilidad de contactar a un representante vía e-mail  por problemas y/o consultas, las vías de comunicación son altamente escasas”. El sistema de apelación de YouTube es, por lejos, uno de los puntos más criticados por sus creadores de contenidos: si una cuenta o un video en particular es bloqueado, solo se dispone de una instancia para poder aclarar el panorama; de lo contrario no hay vuelta atrás. Así, muchos usuarios son “banneados” y nunca llegan a saber los motivos reales de esa sanción.

 

Monetizar, un camino cuesta arriba

Generar ingresos con videos online no es una tarea fácil y así lo demuestra una simple búsqueda en Google: “Monetizar en YouTube” arroja más de dos millones de resultados. No solo es complicado ganar plata con la plataforma, sino que la mayoría ni siquiera sabe cómo hacerlo. ¿Se puede vivir de la publicación de videos? Sí, pero se deberán buscar fuentes de ingresos adicionales al banner, sobre todo para aquellos que no son figuras de renombre, sin clics suficientes como para poder aprovechar las campañas de AdSense. Al respecto, un dato para destacar: según un estudio de la firma AdCuality, YouTube concentra el 6,11 por ciento de la pauta publicitaria online en la Argentina, el doble de lo que reciben los dos medios más importantes del país, Clarín y La Nación.

Martín Garabal se impuso como creador de contenido en series como “Famoso”
que, incluso, después saltaron a la televisión.

El problema para generar dinero con propuestas de video online repercute directamente en la financiación de contenidos con mejor producción. Para Garabal, hoy por hoy financiar proyectos en la Argentina es complicado por el reducido tamaño de su mercado. “Si no tenés atrás canales privados o marcas, que apuestan más al formato video de influencer que a generar contenido, tiene que entrar el Estado, y el Estado en los últimos años recortó bastante su incidencia en la gestión cultural. Los nuevos concursos de INCAA son en coparticipación con un privado que pone gran parte de la plata y terminan siendo oportunidades para empresas con espalda financiera, no creadores.”

Fischman aporta su mirada al respecto: “YouTube no tiene competencia real, aunque esto no sea necesariamente su culpa. En los últimos años creció enormemente la sensación de que las grandes empresas tienen mucho poder sobre el accionar de Google y mayores posibilidades de prosperar en la plataforma, lo cual dista de lo que inicialmente la caracterizaba, un simple ‘Broadcast yourself’”.

El panorama entonces se asemeja al de una tormenta perfecta, donde por un lado son cada vez más los obstáculos para poder monetizar de manera eficiente un canal y, por el otro, la posibilidad de financiar contenidos de mejor producción se convierte prácticamente en una quimera. “Hoy los YouTubers y los Instagramers son los nuevos ‘famosos’. El tema está en si logran vivir 100 por ciento de sus videos o de negocios satelitales a eso, y cómo se reinventan para ofrecer nuevos contenidos, ya que ahí es donde siempre se requiere inversión económica para contar historias y es lo que más está faltando”, subraya Garabal.

 

El futuro

YouTube llegó para quedarse, pero eso no significa que el servicio pueda dormirse en los laureles. La dificultad para aplicar un control eficaz sobre los contenidos que se suben a la plataforma y los obstáculos para monetizar los canales de sus creadores abren un signo de interrogación. Instagram con su formato de videos de un minuto y Facebook, que apostó a un agresivo plan de seducción para generadores de contenido original, son dos contendientes que tienen las herramientas para disputar el reinado del video online.

Tal como indica Garabal “hoy por hoy, quien hace un video para YouTube tiene complicada la tarea de que alguien lo vea; se necesita de un buen piso de suscriptores”. El fenómeno YouTuber está en pleno auge, pero ya no es tan fácil acceder a su Olimpo. ¿Su masividad es suficiente para garantizar su éxito a largo plazo? ¿Definirá en última instancia la cantidad de visitas o el dinero que los creadores de contenido puedan obtener? Por ahora, el servicio propiedad de Google sigue siendo la principal vidriera para aquellos que apuestan al video y eso no va a cambiar en el corto y mediano plazo; sin embargo, será clave seguir de cerca la relación entre anunciantes y usuarios, ya que esa tensión, central para el crecimiento de sus ecosistemas, es capaz de cambiar la relación de fuerzas y afectar de manera profunda la manera en la que se piensen futuros contenidos..


Nota publicada originalmente en la edición nº 241 (octubre/2017) de Infotechnology.



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