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Black Mirror: los horrores que ya vivimos (y no te diste cuenta)

Con un guiño a la ciencia ficción de escritores como George Orwell y Ray Bradbury, la serie Black Mirror retrata la vida en un futuro cercano y con abejas robóticas creadas por startups globales que marcarán la vida humana. ¿Estamos tan lejos? 31 de Enero 2017
Black Mirror: los horrores que ya vivimos (y no te diste cuenta)

Este fue el año en el que la tecnología se apropió de la televisión para siempre. Excepto que, en vez de mostrar las potencialidades de la técnica y el método científico en una luz positiva, casi todos los programas que se estrenaron sobre el tema decidieron mostrar el lado amargo de la evolución techie: si algo puede salir mal, dada cierta cantidad de innovación tecnológica, va a salir mal. Así, dos de las series más populares que dio a luz el año 2016, Black Mirror y Westworld, se centraron en presentar problemas éticos y sociales de la llamada “revolución tecnológica”.

Hay, para quienes las vean, dilemas típicos—como el de la inteligencia artificial, que hace temer al mismo Elon Musk, por considerar que puede acabar con los humanos— pero también otros, como el de la alineación social, el narcisismo de las redes sociales, la glorificación del gaming en su consigna más violenta, el bullying virtual, la pornografía infantil o la posibilidad de crear vida después de la muerte. En casi todos los casos, el problema no es la tecnología sino los humanos que la crean y, si bien las dos series llevan su trama lejos del presente, es posible percibir que tienen los dos pies plantados en problemáticas actuales.

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Quizás por eso hayan sido tan populares. En sus primeras dos temporadas —que fueron emitidas por Channel 4, en Inglaterra— Black Mirror supo atrapar a 1,6 millón de personas por episodio, un récord para la televisión inglesa. Cuando Netflix decidió prolongar la vida útil de la serie —algo que hace de manera constante, como con Arrested Development o Gilmore Girls—, basó su decisión en la gran “fanbase” que había adquirido online y que reclamaba más episodios de su creador, Charly Brooker. En el caso de Westworld, se convirtió en la serie más vista en la historia de HBO, un honor que hasta ese momento se reservaba “Game of Thrones”: el capítulo final, que duró casi 90 minutos, consiguió 2,2 millones de espectadores, otro récord.

Las audiencias parecen fascinadas por esta visión contrautópica de la sociedad actual, como supieron hacerlo, a través de los libros, los autores de ciencia ficción por años: Ray Bradbury con “Farenheit 451”, que retrataba una futura sociedad ignorante en donde los libros tenían que ser contrabandeados para no ser quemados; “Un pequeño mundo feliz”, de Aldous Huxley, en donde las drogas eran la única manera de soportar, feliz, la monotonía de una vida pos-industrial; y el favorito de muchos,“1984”, que presagiaba la necesidad de que los Estados hagan una vigilancia extrema. Black Mirror—cuya propuesta se basa en una serie de unitarios centrados fuertemente en los peligros de una sociedad tecnológica— es, quizás, la que más analogías con el mundo real presenta. Y, es bueno saber, esa innovación no está tan lejos de casa.

 

Abejas robóticas (y asesinas)

El problema del colapso de las colonias de abejas no es nuevo. De hecho, desde hace más de diez años que se viene registrando un descenso sostenido en la cantidad de abejas en el mundo, con algunos sitios reportando hasta un 50 por ciento de muertes en sus colonias, como es el caso de Irlanda del Norte. El problema no es menor: sin abejas para polinizar las flores, toda la agricultura está en peligro. En Black Mirror atacan este problema: una startup crea abejas robóticas que, mediante sensores, logran reemplazar el trabajo de los insectos obreros con eficacia. En el capítulo nos enteramos rápidamente que no es lo único que hacen: tienen, también, cámaras, que son usadas para espiar a la población por el gobierno que contrata el servicio. Cuando empiezan a aparecer personas muertas gracias a la voracidad de estas abejas robóticas, saben que alguien “secuestró” el programa y que las está usando como un arma mortal. ¿Parece algo lejano a nuestra realidad? No tanto. En noviembre, científicos de la Universidad Politécnica de Varsovia crearon la primera abeja robótica diseñada para polinizar artificialmente. No se parece a la de Black Mirror, que era casi idéntica a las de verdad. Se trata de un minidron capaz de encontrar una flor, recoger su polen y transferirlo a otra flor para fertilizarla. Es, en palabras de su creador, Rafal Dalewski, “una esperanza alternativa” en el caso de que el colapso de colmenas siga su curso. No pretende sustituir su trabajo sino complementarlo. Las pruebas de campo están en marcha y ya se logró la primera polinización en un campo abierto. Tiene, por encima de las abejas, una ventaja: el biodron es inteligente y se puede programar para que se concentre en una determinada área y busque flores de un tipo concreto, a través de un programa informático. ¿Cuándo llegaría al mercado? Estiman que en dos años.

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Lentes de contacto especiales

La vigilancia es un tema recurrente en Black Mirror y, en varios capítulos, hay menciones a lentes de contacto que permiten grabar la vida de las personas y, después, pasarla, como un video, por encima de sus retinas. Así, cualquier recuerdo se podría revivir como si estuviese grabado en un disco rígido. Los paralelismos con Google Glass son notorios, aunque Google haya abandonado el proyecto por ahora. Con él también era posible grabar utilizando comandos de voz e, incluso, sacar fotos. Cuando los lentes fueron puestos a disposición de desarrolladores, hubo quienes levantaron la alarma: podrían filmar a las personas sin su consentimiento, rompiendo varias leyes respecto a la captura de imágenes. La empresa de Mountain View dio un paso atrás pero conservando sus patentes, como también lo hicieron Sony y Samsung con patentes en smart contact technology. Aunque un lente de contacto implantado podría tener serios problemas logísticos—los nano elementos que se necesitan para hacerlo funcionar son caros, por ejemplo—, sincronizados a un dispositivo como un smartphone podrían ser realmente útiles en mercados verticales como el de la salud, en donde ya existen lentes de contacto que miden la glucosa en sangre, vital para los pacientes diabéticos.

 

Un Snapchat peligroso

Una de las redes sociales vedette del año pasado fue Snapchat, la App que permite reconocer rostros y aplicar filtros para distorsionar la imagen en tiempo real. En la serie también hablan de esta tecnología, aunque la llevan a un extremo: mediante un implante en el cerebro, los soldados de un grupo militar de elite perciben a sus enemigos como monstruos a los que llaman “cucarachas”. En rigor, no pueden distinguir la realidad de la ficción hasta que uno de ellos empieza a percibir que su implante está funcionando mal y ve a las cucarachas como las personas que realmente son. Es que es todo parte de un plan del gobierno para deshacerse de los ciudadanos que tienen una carga genética indeseable, como enfermedades crónicas, y que quieren hacer desaparecer.

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La tecnología que haría posible esta percepción diferencial de la realidad ya existe y es VR. Todavía sus usos son de nicho, porque se necesita de un casco —y no de un implante cerebral— para poder acceder a una realidad alternativa. Pero ya existe software de reconocimiento de caras —como los que, en una foto de Facebook, permiten taggear a un amigo de manera automática— o los propios filtros de Snapchat para poder cambiar la cara de un interlocutor a través de una interfase específica. Cuando VR logre una inmersión total, será difícil distinguirla de la realidad verdadera.

 

Vida después de la muerte

Hay dos capítulos que se meten de lleno en este tema en la serie. En el primero, de la segunda temporada, una joven viuda decide bajar una aplicación que permite crear un avatar de su ser amado utilizando películas, audios, chats y perfiles online de la persona fallecida. Así, ante una pregunta, ella podría hablar con su esposo como si no estuviese muerto, consiguiendo una especie de inmortalidad. En el segundo, ya en la nueva reedición de Netflix, dos ancianas enfermas se divierten en un mundo virtual llamado “San Junipero”, en el que pueden elegir vivir después de morir en el mundo real.

Aunque crear un mundo virtual en donde las personas puedan interactuar conscientemente después de su muerte es, teóricamente, mucho más difícil, la tecnología para crear un avatar y así poder consolar a quienes dejamos atrás, ya existe. De hecho, hay todo un movimiento detrás que pregona esta forma de inmortalidad y se llama transhumanismo. Son de la idea de que lo que uno extraña de las personas es poder hablar con ellas, no necesariamente su presencia física. Aunque lejos del realismo de Black Mirror, las réplicas virtuales que permiten chatear con un ser amado que partió son posibles “bajando” el cerebro de una persona a un disco rígido que permita procesar sus experiencias vitales.

Si a eso le sumamos inteligencia artificial —la capacidad de las máquinas para aprender de las interacciones con otros humanos—, la posibilidad de recrear la mente de una persona en un humanoide podría estar a solo unas décadas de distancia. Es lo que hizo Martine Rothblatt, CEO de United Therapeutics, cuando diseño BINA48, una réplica robótica de su esposa, Bina Aspen. Usaron miles de horas de conversaciones para crearlo y “aprende” de interacciones con humanos.

Todos estos ejemplos —que nos alejan de la muerte o nos acercan peligrosamente a una civilización tecnológicamente avanzada pero más salvaje— ponen al espectador en una posición incómoda: la tecnología no es neutral y, con cada paso hacia el futuro, también estamos decidiendo sobre nuestra propia idea de la moralidad.


Nota publicada en la edición nro. 232 (enero/2017) de Infotechnology.



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